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MONTAÑISMO - PEQUE GUARA

Cuando la cima es un río

La sección visitó el bosque de la ribera del Gállego

Cuando la cima es un río
Cuando la cima es un río
S.E.

HUESCA.- La historia de la humanidad ha ido siempre asociada a los ríos. Los Nilo, Tigris y Eufrates fueron la cuna de antiguas civilizaciones. El Rhin separaba la refinada Roma de la bárbara Germania. El Hiberus dio nombre a una península. El Guadalquivir sirvió de camino a los tesoros del nuevo mundo hacia Sevilla. En nuestros días hemos humanizado más aún los ríos. El Volga es una autopista fluvial. El río Grande separa dos mundos. A los antiguos molinos de cereales añadimos centrales hidroeléctricas e industrias, embalses y canales. Y los hemos culturizado el Kwai, el Yangtsé y el Mystic son de película, el Danubio Azul y el Misisipi son temas musicales.

El río que por venir de la Galia, alguien llamó Gallicus es un buen ejemplo de lo anteriormente citado. Este río con sus casi 200 kms de recorrido, la mitad por terreno montañoso, se adentra remansado en la tierra llana después de esculpir los mallos de Riglos y Agüero. El Gállego da nombre a comarcas y pueblos, ha visto guerras y turistas, navatas y piraguas, agua de deshielo y lindano, riadas devastadoras y sequías, sus orillas contienen vestigios históricos de todas las épocas y culturas. Hoy, su cauce está moldeado a las necesidades del hombre.

Pero no todo el Gállego es cemento y hierro. Con el esfuerzo de algunas personas hay una parte del río que conserva ese lado natural y salvaje. El bosque de ribera del río Gállego en Biscarrués es un oasis fluvial. Y allí estuvo la Pequeguara. Primer fin de semana de febrero y primera salida del año de la pequeguara desde Erés. Nos acompañaban dos guías galligueros de excepción, Lola y José Antonio, que nos iban a descubrir los secretos de la excursión.

Por pistas nos fuimos acercando hasta ver el famoso Puente de Hierro que ha recibido como regalo de sus ciento y pico de años, unas obras de arreglo. Desde aquí comenzamos a bajar por senda hacia el río adentrándonos en el llamado Camino de los Sentidos, sendero pegado al río donde nuestros guías nos hablan de los autores de las huellas de animales que vemos en el barro, y ponen nombre a muchas de las plantas, arbustos y árboles que encontramos a nuestro paso. Todas estas explicaciones entran mejor después de una parada nutritiva dentro de un precioso paisaje y es que después de eso descubrimos dónde y cómo colocan cámaras con las que han filmado vídeos de ciervos, jabalíes, corzos, tejones, milanos, ardillas, nutrias y hasta castores europeos. Pero la sorpresa no acaba allí, en una badina nos muestran unos mejillones de color blanco y nos hablan de las cuatro variedades de almejas de río que existen. Nos sobrevuela un cormorán, oímos el repiqueteo de un picapinos y el chillido de un águila mientras llegamos sin alejarnos del río a las proximidades de Erés.

Una pasarela metálica ayuda a atravesar un barranco y siguiendo la evidente senda dejamos el Camino de los Sentidos para continuar por el Sendero Botánico. Los gigantescos árboles sin hojas dejan pasar los rayos del sol que se agradecen pese a no hacer frío, además de esta manera podemos ver nidos de picapinos en los troncos, y de ardillas en las ramas altas. Un claro del bosque es el lugar perfecto para la parada oficial de comer.

Destacan dos impresionantes árboles, Aspirino, un sauce que precisa una cadena de al menos 6 peques para que contorneen su tronco. Y Frexín, un fresno de enorme altura. La senda continúa en igual belleza siempre pegada a un río precioso que ahora ya es la cola del embalse de Ardisa. Por una pista que pasa al lado del garaje de navatas llegamos a Biscarrués, donde en un bar con terraza y columpios que hace las delicias de peques y pataslargas, acabamos los 11,5 kilómetros esta primera excursión del año.

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