Deportes

senderismo - peña guara: Peque Guara

El recreo del Rey Monje

La salida de los más peques del club discurrió por la zona de la ermita de San Úrbez

Pequeños y grandes, en la excursión del pasado fin de semana.
Pequeños y grandes, en la excursión del pasado fin de semana.
S.E.

En Aragón tuvimos una vez un rey que heredó un reino roto y lo convirtió en un reino fuerte del que nació la potente Corona de Aragón. Este rey era diferente a todo lo que en ese momento se esperaba de un rey profesional. Más de palabra que de espada buscó un lugar especial dentro de su territorio donde pensar, descansar y dejar por un tiempo de reñir con órdenes militares, hacer campanas que sonaran por todo el reino y pactar bodas. 

Ese lugar tan único y especial en el reino sólo lo encontró en un santuario dentro de un hermoso valle de bosques y praderas entre lomas redondeadas que albergan pequeños pueblos, y todo bajo la imponente cara norte de una gran montaña. Un paisaje digno de un rey que invita a la paz y al disfrute de la naturaleza en cualquier época del año. Y es que la ermita de San Úrbez en Nocito ofrecía a Ramiro II el Monje el espacio ideal para el recreo real.

Tranquilidad y sosiego que hubieran sido interrumpidas al buen rey si en aquel momento hubiera existido la Pequeguara. El autobús con los 30 participantes aparcaba en una orilla de la carretera que lleva hasta el pueblo de Bara. Eran las 10:30 horas de una soleada mañana cuando tomábamos una de las antiguas sendas que de Nocito lleva hasta los Fenales. Entre sombras de bosques de pinos y robles vamos ascendiendo suavemente y allí cae la primera de las paradas nutritivas del día. Aún nos queda la mitad de la subida y conviene reponer fuerzas.

Un desvío y tomamos el camino del collado de las Cañatas. El camino es el mismo cauce seco del río durante bastante tiempo, que serpenteando se va hundiendo cada vez más entre peñas y árboles. Tres corzos nos saludan desde una ladera y en una curva de repente surge el agua. Es la manantial de Fuendeguaril, rellenamos cantimploras y seguimos camino cruzando varias veces el río hasta que en un punto dejamos las mochilas y nos asomamos a la cueva inundada de Brazo de Mar. Los peques, que llevaban ya un rato preguntando dónde estaba la famosa badina para bañarse, no están muy de acuerdo en utilizar dicha cueva como piscina cubierta, así que seguimos caminando un pelín más hasta llegar a la badina de Estañonero. Esta sí, es enorme, bonita, con cascada, con árboles para comer a la sombra, soleada, protegida del viento, pero las ganas de refrescarse y nadar son al parecer algo incompatibles con la fresqueta temperatura del agua.

Iniciamos una atrevida ascensión utilizando pies y manos por una muy poco marcada senda que nos dejará minutos después en la parte alta de la cascada de la badina de Estañonero. Estamos en la parte final del barranco de Abellada, volvemos a poner zapatillas de río y comenzamos a remontar un río que es una sucesión continua de badinas y pozas calentadas por el sol. Mochilas, gorras, progenitores, camisetas, y demás cosas inservibles son abandonadas en busca del mejor chapuzón en la badina más guay aún que la anterior.

Y así pasa el tiempo mientras se asalta una nueva badina cada vez más arriba. Y hablando de agua, el aguafiestas del grupo indica que el sol sigue avanzando y las nubes también. Dedos arrugados entran en calcetines y en calcero de monte para continuar ascendiendo por las orillas del río hasta encontrar la senda que lleva a Nocito y que nos recibirá empapados bajo un fuerte chaparrón primaveral.

Si viviera en nuestros días el buen rey monje, y siendo como era un ferviente devoto de San Úrbez, santo patrón de los montañeros, a esta excursión de la Pequeguara, Ramiro, su esposa Inés y la pequeña Petronila, se habrían apuntado seguro. 

Etiquetas