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SENDERISMO / PEÑA GUARA: PEQUEGUARA

Por los senderos de nuestros tatarabuelos

Los más jóvenes del club oscense completaron el domingo una ruta por el Prepirineo en torno a Caldearenas

Los peques disfrutaron de una ruta invernal por la zona de Caldearenas.
Los peques disfrutaron de una ruta invernal por la zona de Caldearenas.
Peña Guara

Cuando paseamos por alguna de las sendas de nuestro territorio sin más objetivos que el del disfrute mental y deportivo, nos olvidamos que esas rutas no son sólo para llegar a un pico, a un collado, a un ibón. Esos caminos fueron abiertos, utilizados y mantenidos por nuestros no tan lejanos antepasados para unos fines que distaban muchísimo de la utilización lúdica que les damos ahora.

No es raro encontrarse en mitad de un boscoso paraje unos restos de muros, o las ruinas de una antiguo edificio, o lo que queda de una senda empedrada. Cuando la gente hace cien años recorría la senda que atravesando la sierra de Javierre pasaba cerca de la cima del pico Presín, no buscaba a buen seguro las bonitas vistas ni el soberbio paisaje ni la soledad de la montaña. Pastores, carboneros, comerciantes de hielo, viajeros que más por necesidad que por capricho cruzaban la sierra desde el valle del río Garona al valle del río Matriz para comunicar los pueblos de Rasal, Bentué de Rasal, Escusaguás, San Vicente, Aquilué y el nuevo pueblo de Caldearenas. Hace tan sólo cien años habitaban entre estos seis municipios más de mil personas.

Pero nosotros no éramos mil, pero por la bulla que metían los 23 expedicionarios de la Pequeguara este domingo pasado bien podría parecer. El día pintaba turbio, alguna gota y un frío viento nos recibieron al bajar del autobús en el collado de La Barza. La senda es estrecha, entre frondosa maleza, árboles y matorrales, y con un suave e inteligente trazado propio de las sendas antiguas va ganando altura.

Las nubes parecen querer irse pero no, buitres y milanos nos sobrevuelan, vamos viendo cómo el valle del río Garona se abre pero las cimas del Peiró, Caballera y Puchilibro permanecen escondidas bajo las nubes. La cima del Presín que hemos visto desde abajo sigue despejada al contrario que la cabeza de algunos pataslargas, ya que el esfuerzo en la bonita subida no ha afectado lo más mínimo a la pequeverborrea de los que pugnan por llevar el bastón paragüero de poder, símbolo absoluto de la autoridad del peque que en organizados turnos abre la marcha.

Y así sin más llegamos a los 1,430 m. de altura del Presín, unas ruinas de una paridera, un vértice geodésico y un cartel nos lo marcan. Nos quedamos con las ganas de poder contemplar las espectaculares vistas, lo cual no nos calma el apetito y tras un bocado comenzamos a descender hacia el norte. Continuamos por la senda que ahora entre prímulas se adentra en un fantástico bosque de hayas.

Podrá fácilmente imaginarse el avispado lector, que si la subida no hizo mella ni en las pequeconversaciones ni en su volumen sonoro, la bajada no hizo sino incrementar los temas a tratar y su intensidad. Abandonamos dos veces el camino, una para visitar el Manantial del Tajal y otra para ver la obra más representativa de todos los restos de edificaciones que nos han acompañado a lo largo de la ruta: un bien conservado pozo de nieve.

Y así caminando y charrando llegamos después de un pelín más de 9 kilómetros, 300 metros de desnivel subidos y 600 bajados, a un bonito paraje donde se encuentran, el sitio perfecto para jugar a balón prisionero y la ermita de la Virgen de los Ríos, cuyo interior así como el del edificio adyacente podemos visitar gracias a la gentileza del ayuntamiento de Caldearenas.

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