SD Huesca

JORNADA 10

¡Por los tacos de Nwakali!

Al Huesca se le puso resbaladizo el segundo tiempo después de una primera parte impecable

¡Por los tacos de Nwakali!
¡Por los tacos de Nwakali!
GOFI

Incluso los que rozamos la edad de riesgo estimamos que la expresión "¡Por los clavos de Cristo!" empieza a ser añeja. En una adaptación en plena segunda mitad, se me vino a la cabeza la exclamación sustitutiva precisa: "¡Por los tacos de Nwakali!" Fue una metáfora precisa de lo resbaladizo que se le puso al Huesca el segundo tiempo después de una primera parte implacable. Se enfade o no el míster, el Huesca es bipolar. Bien es cierto que lo mismo podría decirse de Osasuna, en el sueño de los justos los primeros 45 minutos, en guerrilla sin freno después.

Expresar las sensaciones después del entrenamiento entre los dos equipos de mi vida -ayer, sin discusión, yo era FSSR- resulta complejo. Igual que tantos y tantos choques durante el año. Míchel es como ese niño que a veces abrazarías amantísimamente para acariciarlo y, a los diez minutos, con la trastada, le apretujarías sin tanta calidez. Es cierto que, testarudo él, cuando te regala su saber, es una gozada, pero de repente transforma la dopamina en cortisoles y preguntas si no es una suerte de conde Brocken. Lo malo es que, en una sociedad en la que la memoria es tan flaca, las últimas impresiones son las que dictaminan el juicio, y quizás somos más severos en el colofón que benignos fuimos en el origen.

El fútbol es tan complejo que Luis Aragonés se hubiera despachado a gusto atribuyendo a todos los opinadores un desconocimiento supino: ¿contra quién han jugado ustedes, a quién le han ganado? Y, sin embargo, en su raíz está la discrepancia y el acuerdo, la crítica y el beneplácito, los abucheos y las ovaciones. Discutamos, pues.

Empatar en El Sadar, en abstracto, no es ninguna catástrofe. Al contrario. Hacerlo como ayer, sin embargo, deja sabor de aceite de ricino, por la magnificencia del comienzo y las penurias del final. El Huesca es único empatando, pero no da el estirón. Tampoco muchos de los jugadores teóricamente diferenciales. Ayer, ni compareció Ontiveros. Nwakali, entre resbalón y resbalón, desconcierta entre su calidad y sus dudas. Seoane ha entrado en el ostracismo pese a que con Mosquera hacían un tándem espléndido. Y, así, del posible 0-3, pasamos al 1-1. Y gracias. Queda fe. Y esperanza: por 90 minutos redondos.

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