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Humildad y ambición

Si bien está claro que la mayor cuota de responsabilidad recae en el club, es trabajo de todos cuidar la atmósfera que lo rodea

Celebración del ascenso a Primera División la pasada temporada.
Celebración del ascenso a Primera División la pasada temporada.
Verónica Lacasa

Con todo lo vivido en estos intensísimos 16 meses de pandemia, es bastante habitual ser corregidos por nuestros interlocutores cuando nos referimos a cosas que hicimos “el verano pasado...” pero que en realidad sucedieron hace dos. Para algunas cosas, el tiempo pasa muy lento y, sin embargo, hay recuerdos que percibimos tristemente lejanos.

Todavía no ha pasado un año de un ascenso a Primera que ni pudimos celebrar ni, en mi opinión, supimos valorar adecuadamente. Tras ese complicadísimo logro, hubo mucho trabajo en el momento más complicado de la pandemia, liderado por un cuerpo técnico -el de Míchel Sánchez-, al que después le faltó suerte, apoyo y también la energía que dan lo uno y lo otro.

Me costó muchísimo encajar el empate contra el Valencia que consumó un descenso tan duro en las formas como justo en los méritos. Y es que pocas veces tendrá el Huesca una oportunidad semejante para mantener la categoría y, con ella, unos privilegios económicos que, con la que está cayendo, hubieran supuesto un auténtico bálsamo para la provincia. Había al menos tres equipos peores, sin duda, pero nuestro mal desempeño nos ha devuelto a Segunda, insisto, con toda justicia.

Antes de meternos de lleno en la temporada venidera, quizás sea un buen momento para que reflexionemos todos los involucrados (club, prensa y afición) con el mismo talante (y talento) que demostró Shinji Okazaki en estas mismas páginas, pensando más en lo que pudimos haber hecho nosotros que en hurgar con el dedo los ojos ajenos.

Si bien está claro que la mayor cuota de responsabilidad recae en el club, es trabajo de todos cuidar la atmósfera que lo rodea. A mí, la de este año, donde lo virtual ha tenido más relevancia que nunca, no me ha gustado nada. Entre el servilismo borreguil y la crítica demagógicamente compulsiva hay un punto medio. No hay libertad de expresión ni sentido del humor que avale mancillar la línea roja del respeto que todos merecemos.

Ojalá dentro de unos años veamos este descenso como el punto de inflexión que sirvió para enseñarnos a conjugar humildad con ambición permitiéndonos sacar el máximo partido a nuestros recursos y devolviéndonos de nuevo a lo más alto, esta vez para quedarnos.

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