Huesca

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Rogelio Santolaria: La felicidad al alcance de un chico tranquilo

Un día cogió tal enfado que quiso ir andando de Belsué a Huesca. Ahora lo evoca con mucha ternura

Rogelio Santolaria: La felicidad al alcance de un chico tranquilo
Rogelio Santolaria: La felicidad al alcance de un chico tranquilo
S.E.

HUESCA.- A Rogelio Santolaria la infancia le sabe a torta de Ayerbe, a cabeza asada que compartía con su padre y su familia en Casa Abarca y a las tostadas de ajo que preparaban en invierno y comían en torno a una estufa.

Regresa también su memoria a la calle Cuesta de las Mártires de la capital oscense, donde creció como un chico muy tranquilo y algo distraído.

Rogelio Julián Santolaria Gil nació el 9 de enero de 1957. Su padre trabajaba en una fábrica de ladrillos y tejas y su madre se ocupaba de las tareas de la casa. Era el segundo de cinco hermanos.

Fuera del colegio, la mayor parte de su tiempo discurría en el cerro de las Mártires, donde jugaba a guerras con el tirachinas, a churro, media manga, manga entera; y a la pelota. Otros espacios que conocía bien eran la Alameda -actual calle Lucas Mallada-, la vaquería, la tienda de la señora Cesárea y el puente de tabla.

Estudió en el colegio San Vicente y en Salesianos, y animado por un profesor de este último centro educativo acudió a la Residencia Provincial de Niños, donde aprendió el oficio de carpintero.

Como para cualquier chiquillo, los mejores ratos discurrían en el recreo, y a pesar de su habitual buen comportamiento, se llevó algún que otro coscorrón con el mango de la campanilla.

Disfrutaba de las vacaciones en Belsué, en casa de unos tíos a la que acudía con uno de sus hermanos, Miguel.

Allí ayudaban en las tareas del campo, en la siega y en la trilla, aunque admite que no era algo que le entusiasmara. De hecho, si podía se "escaqueaba" y dejaba que fuera Miguel el que asumiera toda la labor.

Un día que quiso librarse y no pudo se cogió tal enfado que quiso ir andando hasta Huesca. Ahora lo evoca con mucha ternura. Rogelio asegura que "en aquellos tiempos uno era feliz con cualquier cosa".

Se sentía orgulloso de poder cuidar y acompañar a su hermana, y podía pelearse hasta la extenuación con sus hermanos, pero si alguien se metía con uno de ellos hacían piña de inmediato y ahí estaban todos para ayudarse. Sus padres fueron para ellos un ejemplo en ese sentido y también les inculcaron el afán de superación.

Cuando era niño, quería ser de mayor cura o misionero, reconoce que quizá influenciado por los colegios en los que estudió, donde a veces también ayudaba en misa y donde escuchaba las historias de San Juan Bosco. Sin embargo, terminó trabajando en dos empresas de carpintería y de autónomo, y más adelante en la Fundación Agustín Serrate, donde es una persona muy querida.

Son muchos los buenos momentos que disfrutó en su infancia, como cuando asistía a las proyecciones de cine en los Salesianos, pero los días más importantes le estaban esperando un poco más adelante: el de su boda con Nati y los de los nacimientos de sus dos hijos, Cristina y Jorge.

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