Huesca

CRISIS DEL CORONAVIRUS

Las restricciones a la socialización por el coronavirus pasan más factura a mayores y clases bajas

El sociólogo Ángel Bergua señala que se acentúa la tendencia a los contactos virtuales

Las restricciones a la socialización por el coronavirus pasan más factura a mayores y clases bajas
Las restricciones a la socialización por el coronavirus pasan más factura a mayores y clases bajas
P.S.

HUESCA.- El sanitario y el económico son los efectos más palpables de la crisis provocada por la pandemia de coronavirus, pero el ámbito más puramente social tampoco es inmune a estos estragos.

El sociólogo José Ángel Bergua, profesor de la Universidad de Zaragoza y director del grupo de investigación "Sociedad, creatividad e incertidumbre", advierte en especial de "la destrucción del capital social", un conducto -el de las relaciones sociales- que es precisamente el que usa la covid para propagarse, ante lo cual el Estado ha optado por combatir la pandemia "bloqueando la sociabilidad" que constituye el embrión de ese capital social.

Desde el punto de vista de la sociología, "quizá lo peor de esta época de pandemia es la destrucción del capital social que el virus y las medidas para combatirlo están provocando".

El profesor de la UZ señala "cambios enormes y preocupantes" en este aspecto, como el hecho de que la primera de las tres encuestas hechas por el grupo de investigación "Sociedad, creatividad e incertidumbre" revelara que "uno de cada cinco ciudadanos pasó de confiar a desconfiar en las gentes".

Bergua resalta que lo más preocupante al pasar de confiar a desconfiar de los demás es que "la materia prima de lo social son precisamente las relaciones" entre las personas. Y esto también tiene repercusiones negativas para el país en conjunto, puesto que "el progreso de cualquier nación, región o ámbito funcional depende en gran medida de ese capital social".

Y como en casi todas las crisis, los más afectados son las clases bajas tanto en su salud como en lo económico, pero también desde la perspectiva sociológica y, más en concreto, en la pérdida de capital social. Y yendo más allá de clases, los más mayores, los que menos usan las nuevas tecnologías en general, han sido también de los principales perjudicados al reducirse o desaparecer sus posibilidades de socialización.

Mientras tanto, "solo" las clases altas o medias "han podido protegerse mejor gracias a que la mayor parte de sus vínculos son débiles y, sobre todo, tienen un fuerte soporte social". Bergua también incluye a los jóvenes y a las personas de mediana edad dentro del grupo que mejor ha capeado esta destrucción del capital social, debido al gran uso de las nuevas tecnologías en la construcción de sus relaciones o capital social.

"Que el virus haya utilizado como vía de propagación el capital social y que el Estado haya combatido la pandemia bloqueando la sociabilidad que lo constituye, implica que aquellos colectivos y áreas o ámbitos de la actividad colectiva que más se benefician de dicho capital, más se exponen también a las consecuencias negativas del contagio y a las no menos perjudiciales medidas tomadas para combatirlo, pues se basan en reducir al mínimo los contactos", desmenuza.

El profesor del área de Sociología de la Universidad de Zaragoza señala las diferencias entre el "capital social", las relaciones, de las clases medias y altas por un lado y de las bajas por el otro. Bergua cita varias investigaciones sobre esta cuestión, que concluyen que "las clases medias y altas disponen de redes de amigos más amplias y diversificadas que las de las clases bajas, que solo extraen amigos del trabajo, la familia y el vecindario".

Esos estudios lo atribuyen a la "gran importancia" de los contactos indirectos a través de terceras personas, por ejemplo, "un conocido de uno de los amigos que pone en contacto con el otro" y, "sobre todo, los vínculos débiles", es decir, "gentes con las que se trata muy de tarde en tarde y que incluso se conocieron casualmente".

Además, los profesionales tienen más contactos, señala Bergua, y los ven más que los funcionarios y mánagers. "Esto es debido a que el capital humano o cualificación permite a los primeros moverse por distintas organizaciones". En cambio, prosigue el sociólogo, los segundos solo pueden moverse dentro de la organización en la que trabajan, estrechándose así las posibilidades de conocer a más gente y establecer contactos o amistades.

Y esto se suma a la limitación de contactos por la pandemia y al uso de redes sociales. "Si hacen falta 50 horas de trato para considerar a alguien un amigo casual, 90 para aceptarlo como amigo de verdad y 200 para que el vínculo sea fuerte, la epidemia y las contramedidas afectan negativamente a este laborioso proceso que exige la construcción del capital social a la vez que destruye el que ya hubiera", afirma el director del grupo de investigación de la UZ "Sociedad, creatividad e incertidumbre".

MÁS RELACIONES VIRTUALES, MENOS CONTACTOS REALES

En los momentos de restricciones por la crisis sanitaria, la única posibilidad de contactos para muchas personas eran las nuevas tecnologías o las redes sociales. "Si ya antes de la pandemia las sociabilidades virtuales habían crecido a costa de las presenciales, deteriorando según ciertas investigaciones la calidad de la vida en común, aunque aumentando la velocidad, simultaneidad y flexibilidad de las relaciones, todo ello muy útil para el tipo de orden social que tenemos, pues la economía y la política necesitan comunicaciones internas y externas con esas tres características, la covid-19 ha contribuido a empobrecer todavía más el capital social clásico, así como las sociabilidades que lo sostenían, a la vez que ha estimulado los contactos "online", las sociabilidades no presenciales y, en definitiva, el capital social virtual".

Para Bergua, la crisis sanitaria causada por el coronavirus "está acelerando una transformación que tiene sus pros y sus contras".

LA SALUD, MÁS IMPORTANTE QUE LA ECONOMÍA

En otro orden de cosas, y preguntado por cómo afecta el riesgo a la pobreza a la actitud ante la pandemia, Bergua explica que el grupo de investigación "Sociedad, creatividad e incertidumbre" realizó una encuesta en tres series durante la primera ola y las respuestas "cuestionan bastante de los a priori teóricos e ideológicos con los que se suele abordar la vulnerabilidad".

En esos sondeos, el grupo de investigación detectó que había "un gran optimismo y escaso pesimismo entre los más vulnerables" (entendidos estos desde tres dimensiones: economía, de cuidados y vivienda) respecto a su futuro personal, la sociedad y las relaciones con los demás. De hecho, las respuestas de los vulnerables en los tres ámbitos "se parecían más a los no vulnerables que a los vulnerables en una sola dimensión, la económica".

Las respuestas de los encuestados objetan muchos de las presuposiciones sobre vulnerabilidad, "pues se piensa que esta es económica y que se debe tratar económicamente". "En esta visión -argumenta- influye un punto de vista, vuelto hegemónico, para el que la economía es el centro absoluto de la existencia". Y tanto izquierdas como derechas comparten esa visión, "aunque la interpreten de modos distintos".

Sin embargo, sostiene el director del grupo de investigación, en esa perspectiva encajan los "vulnerables clásicos", los económicos, "pero no los más vulnerables ni los que no lo son". "Para ellos es más importante la salud que la economía y, contrariando el economicismo de los políticos, siguen opinando en las encuestas que la salud es más importante que la economía".

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