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Adrián Pascua Lorenzo: De niño “muy trasto” a camarero formal

“No me gusta la gente que se hace la loca con las normas y tienes que ir detrás de ellos como un policía”

Adrián Pascua de niño con su perro "Miki" y en la actualidad
Adrián Pascua de niño con su perro "Miki" y en la actualidad
S.E.

Adrián Pascua Lorenzo nació el 16 de diciembre de 1985 en el Hospital San Jorge, de Huesca. A los 3 años marchó de Barbastro con la familia a Monzón, y desde los 21 vive en la capital oscense.

De su infancia y primera adolescencia recuerda sus estudios en el Colegio Santa Ana, de Monzón, entre los 3 y los 14 años, una etapa de su vida en la que “jugábamos mucho, a canicas, tabas (se llamaban gogos), chapas, comba, a tirar piedras/puntería, polis y cacos, tazos, yoyos, petanca, diábolo, fútbol, balón prisionero, baloncesto, una especie de béisbol pero con la mano (pichi), dominó, cartas, consolas...”. Y resalta que “mi familia también jugaba mucho conmigo y me cuidaban muy bien; sentía mucho cariño aunque fuera muy trasto”.

Desde los 14 hasta los 20 estudió en Salesianos Monzón. “Me saqué la ESO, Bachillerato tecnológico y un grado superior de Electricidad. Y también estuve trabajando todos los veranos, desde los 17 años en una empresa de alquiler de material y de electricista”.

Pasaron los años, cambiaron sus aficiones y sus horas libres las dedicaba a deportes varios, la play station “e iba al cine y salía de marcheta los sábados”.

En Huesca, “hice estudios de delineante en el Instituto Pirámide” y paralelamente comenzó su relación con la hostelería: “Trabajé en el Parador de Boltaña un verano, en el Bar Oscense, 3 meses;11 años en el Rugaca y desde hace 4 años trabajo en el Bar Galatea”, en el ‘Tubo’ de Huesca.

El trabajo, la edad y la familia han remodelado su vida y ahora “me dedico a estar mi tiempo libre con un par de criaturas tremendas y la mujer, y si hay tiempo, a correr, al ordenador...”.

En su familia no es el primero en la hostelería, que “mi madre trabajó en un bar de cocinera, desde que yo tenía 17 años, y más tarde se montó su negocio en un pueblo, también de hostelería”.

De su trabajo, dice: “Me gusta y me gustaría estar mucho tiempo de hostelero”, aunque añade que “tampoco me importaría trabajar de otra cosa que me motivara y cobrase más”. Sabe venderse: “Soy bastante mañoso y aprendo con facilidad y constancia”, y es muy sociable.

¿Qué es lo mejor de ser camarero? “La familia que se hace entre los compañeros, que la gente valore el esfuerzo y el cariño con el que intentamos desempeñar nuestro trabajo, y los clientes majos”. ¿Y lo peor? “La gente mal educada y desagradable. Tampoco me gusta que me den la chapa mucho, de temas que ni me van ni me vienen, sobre todo cuando tengo faena”.

En el trabajo, condicionado ahora por la covid-19, no le gusta “la gente que se hace la loca con las normas y tienes que ir detrás de ellos como un policía; intentan colártela si no te das cuenta. Pero amablemente también les decimos que no se puede hacer depende qué cosas. Trabajamos con más de cuidado con la desinfección, sin la barra y sin 3 mesas del comedor. La limpieza me encanta dentro de los locales y fuera”.

De niño “muy trasto” a profesional de la hostelería muy formal. 

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