Huesca

OJO AVIZOR

Compañerismo y vocación, armas contra la covid dos años después

Enfermeras del Centro de Salud Pirineos de Huesca y de diversas áreas del Hospital de Barbastro, recuerdan estos más de 700 días de pandemia

Enfermeras del Centro de Salud Pirineos de Huesca. Pilar Cáncer es la segunda de arriba por la derecha.
Enfermeras del Centro de Salud Pirineos de Huesca. Pilar Cáncer es la segunda de arriba por la derecha.
S.E.

Más de 700 días después del primer caso de covid en la provincia, los sanitarios siguen luchando contra el coronavirus. El miedo y el desconocimiento puede ser menor y ahora hay armas -además de mascarillas, un tesoro al comienzo, también hay vacunas, “un antes y un después”-, pero el cansancio, más psicológico que físico, es infinitamente mayor y también hay una cierta sensación de desánimo.

La última ola ha sido especialmente devastadora para Primaria, con más de 40.000 casos en la provincia de los más de 60.000 desde que comenzó la pandemia. Pilar Cáncer, enfermera de Pediatría del Centro de Salud Pirineos, pone voz a las enfermeras de este centro tras haber consensuado las respuestas y afirma que estos dos años han sido “brutales”. No solo en atender a pacientes covid, sino también en la inmensa carga burocrática que eso supone más una campaña masiva de vacunación -y más burocracia-, más un número disparatado de pruebas...

Y todo ello sin olvidarse de “la esencia de Primaria”, la labor preventiva. “Hubo programas que hubo que posponer (al inicio de la pandemia) pero llevamos tiempo retomándolos y la Enfermería en ningún momento dejó de ver pacientes, ir a domicilios, hacer revisiones... Sí se pospuso lo preventivo, como cribados, y es una pena, pero las curas, ir a domicilios... de todo eso se hacía todo”.

Con muchas ganas de volver a la normalidad, probablemente más que los demás por motivos obvios, las enfermeras de Pirineos se vieron en medio de una pandemia sin apenas medios, como el resto de sanitarios. “Llegó un tsunami que nos pilló bastante atrás, con falta de material y de prevención, de ideas, de protocolos que cambiaban cada día...”, rememora Cáncer.

“Nos cogió superdesprevenidos y asustados porque no lo conocíamos. Era muy virulento, al principio atacaba poco, pero luego tenía una evolución horrible y además se contagiaba a gran escala. El trabajo se multiplicó por 1.000 y las condiciones eran muy estresantes” en esos primeros embates, recuerda.

Tampoco ayudó el número de personal, más bien al revés. Respecto a la que es la principal queja de los sanitarios a lo largo de la pandemia, Cáncer señala que había poca plantilla en marzo de 2020 y que “los refuerzos tardaron mucho en llegar y con semejante carga de trabajo estábamos totalmente desbordadas”.

Todo esto sumado y tan sostenido en el tiempo ha hecho “cundir el desánimo” pero no se ha reducido la entrega. “Enfermería es una profesión vocacional y se ha hecho lo que se podía y más”, asegura Cáncer, quien admite que una compañera joven, “excelente profesional”, incluso llegó a plantearse dejar la profesión.

En estos momentos, la situación es menos mala. Hay una enfermera más que antes de la pandemia, aunque los refuerzos covid se han ido y tampoco se sabe cuánto durará esta profesional adicional. “Se va a salto de mata y ella no sabe cuándo será su fin” de contrato, explica.

En este cambio de la pandemia ha sido fundamental la vacuna, “un antes y un después, sobre todo en esta séptima ola”, la de más contagios y con muchísima diferencia.

En general, las infecciones “se han pasado de manera más suave, incluso ha habido catarros peores” para la mayoría de los casos, aunque el coronavirus ha seguido cobrándose vidas, pero en una proporción mucho menor a la que lo hizo en el año 2020.

Hospital de Barbastro

El Hospital de Barbastro ha salido adelante estos dos últimos años “gracias a la unión de su plantilla”, destacan los sanitarios de los departamentos de Urgencias, UCI y Medicina Interna. Resaltan que, a pesar de las circunstancias, “nunca faltaron EPI, personal y coordinación desde Dirección”, pero la saturación, el cansancio físico y el estado anímico “ha hecho mella en los sanitarios”, que ahora están asumiendo el crecimiento gradual del resto de patologías que la covid-19 dejó en un segundo plano.

El área de Medicina Interna pasó en pocos días a llamarse “planta covid”. Pilar Medrano ha sido la enfermera supervisora en esta planta desde marzo de 2020 y recuerda la “soledad” de los pacientes. Lidiar con aquellos momentos de incertidumbre, provocaba frustración entre los sanitarios. En las situaciones más críticas, dejaban entrar a un familiar para despedirse del paciente que iba a ser trasladado a la UCI o acababa de fallecer.

El miedo fue el compañero no deseado al comienzo de la pandemia, junto con la incertidumbre, pero ahora “el cansancio” y todavía la incertidumbre son las “constantes” del personal, remarca Medrano, cuyo trabajo de gestión en el hospital prácticamente no se ha detenido en estos dos años. “El cansancio ha pasado de ser físico a emocional”, advierte la enfermera, ante el goteo incesante de ingresos. Mientras las restricciones se han levantado, el número de ingresados no baja porque si salen dos, ingresan otros tantos. “Todo el mundo quiere que se acabe, pero nosotras seguimos entrando a la habitación con las batas, la pantalla y la mascarilla”, incide la enfermera.

Noemí Díaz, enfermera de Urgencias en Barbastro, confirma la estacionalidad permanente de esta “meseta de casos” y el descenso de la incidencia “más lento de lo que esperaban”. Los sanitarios de Urgencias participaron en la formación de médicos de Atención Primaria de Barbastro y pueblos colindantes antes de que llegase la ola.

Castejón de Sos

Uno de los momentos más difíciles fue acudir como voluntarios a la residencia de Castejón de Sos, que sufría un importante brote de contagios. “Sabíamos que cuantas más horas pasasen, sería peor. Recuerdo los rostros de terror y miedo que tenían las trabajadoras”, cuenta Díaz. Vivencias como estas, sostenidas en el tiempo, han perpetrado el desánimo de las compañeras. También los recortes de personal, que han derivado en una sobrecarga excesiva de trabajo. “Tenemos muchos pacientes, estamos cada día al 300 % de lo que había hace tres años y esto demora el tratamiento de otras patologías”, apunta Díaz.

En la UCI de Barbastro, la tensión ha sido persistente durante estos dos años. En la primera semana, se ocuparon las seis camas y se añadieron dos más, lo que indujo a crear una UCI satélite. “Pasamos del 100 al 180 por ciento, todo por covid”, señala Yolanda Mendiara, enfermera de intensivos. Se creó un equipo “express” para atender a los pacientes, que llegarían a superar los 150 días. “Recuerdo la angustia al tratar con ellos y con sus familiares. Cuando bajaban, la mayoría de las veces era para intubar y solo podían vernos a nosotros, que llevábamos los EPI”, recuerda Mendiara.

Así, una ola tras otra, el 50 % de los que ingresaban, estaban sin vacunar. La normalidad regresaba a la sociedad y los sanitarios de la UCI de Barbastro se sentían algo “incomprendidos”, lamenta la enfermera. Manifiesta que la pandemia “no ha acabado” y demanda formación y personal para los centros sanitarios.

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