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Eduardo Viñuales: “Lo que se conoce se quiere, y lo que se quiere se protege”

Naturalista y pirineísta, es el autor de “Rutas a parajes idílicos-Pirineo central”, donde hay una profunda admiración por los rincones que fotografía

Viñuales con su cámara en la cima del pico Castanesa.
Viñuales con su cámara en la cima del pico Castanesa.
E.V.

El conde Rusell hubiera envidiado la cámara de Viñuales. Porque Eduardo pone color a los rincones que la instantánea de Lucien Briet solo pudo recordar en blanco y negro. Los pirineístas de finales del siglo XIX cayeron en el embrujo de las cumbres, el templo de una religión con “Recuerdos de un montañero” como biblia y estas montañas como templo. “Me hubiera gustado conocerlos personalmente. Fueron personas que nos dejaron sus obras. Es una maravilla que hayan llegado a nuestros días y es una forma de conocerlos”, comenta Viñuales.

Eduardo Viñuales quizá se equivocó de época. O de naturaleza. Una en la que las montañas no se escuchaba el eco del reggaeton y la nieve no soportaba el peso de tantos esquiadores. Hay rincones a los que el hombre todavía no ha robado esa magia. Son los paisajes que Viñuales ha recogido en su nuevo libro: “Rutas a Parajes Idílicos- Pirineo Central”, que muestra los caminos, ibones, profundidades, maravillas naturales y alturas, “lugares donde hay una conexión y respeto hacia la cordillera y que están repartidos por todo el Pirineo Central”, comenta el naturalista. En el volumen se recogen rutas de distinto nivel de dificultad -se especifica en el volumen- a rincones situados en las caras francesa y española.

“Vivir la naturaleza es una gran conexión”

Sin embargo, parece imposible promocionar el Pirineo y evitar que se masifique. “Tiene que hacerse desde el respeto y la educación. En este libro animamos a la gente a que vaya y disfrute, porque creo que lo que se conoce se quiere, y lo que se quiere se protege. No me gustaría que divulgar estos lugares sirviera para todo lo contrario, y que se conservaran desde el conocimiento y admiración que yo he sentido hacia ellos”, comenta Eduardo Viñuales.

“Hay lugares idílicos en los que ha imperado la economía a la sensibilidad y la poesía”. Eduardo se acuerda del Pico Estivafreda -una de las rutas-, donde el ruido del helicóptero y los surcos de la bicicleta han roto parte de su pureza: “El helibike no es turismo, ni es sostenible, ni es una verdadera conexión con la naturaleza”.

“Podemos sentirnos afortunados de vivir en el Alto Aragón”

El libro de Eduardo Viñuales es el de quien no puede ocultar una sincera preocupación por conservar los lugares a los que guía: “No hay que proteger la montaña solo por lo bonita e impactante que es, sino porque nos ofrece una serie de servicios: respiramos aire puro que filtran los bosques, bebemos agua que viene de las montañas... La naturaleza es la mejor fábrica que tenemos y, además, es gratis”. Es la preocupación de quien sufre por amor y lamenta como la mano del hombre borra la poesía de las montañas, que llorarán el hielo de sus cumbres.

A uno de esos glaciares nos guía el libro de Viñuales: “Hay una ruta al glaciar de la Maladeta. Se podrá hacer pero contaremos que había un hielo, y que esos hielos modelaron los valles y que dejaron unas morrenas. Es posible que dentro de 30 años lo contemos en pretérito”.

Quizá el deseo de guardar los glaciares sea ya solo una ilusión, pero los naturalistas no se rinden a que el Pirineo siga conservando parte de su pureza. Son proyectos como la creación del Parque Internacional de los Pirineos la centenaria aspiración “de hombres como Pedro Pidal o Alberto I de Mónaco que hoy sería moderno, uno de los primeros parques internacionales de Europa”, sentencia el autor.

Esta pretensión por proteger el mundo natural se extiende a lo que “algunos llaman despectivamente secarral”: Los Monegros. “Es un legado patrimonial único en Europa. Sus elementos de fauna y flora, más ligados a lo que hay en el norte de África o las estepas del centro de Asia, todavía perviven aquí”. Y es que, la pretensión de crear un parque nacional en la estepa no solo es secundada desde el movimiento naturalista. Santiago Marraco, que fue presidente de la DGA, ya abogó por este proyecto que “es una oportunidad. Si seguimos degradando el ecosistema, dentro de una década ya no será posible porque el lugar ya no reunirá las condiciones para tan alta categoría”, comenta Viñuales.

El naturalista ha escrito más de 70 libros sobre el paisaje aragonés y dice que “todavía quedan muchos rincones sobre los que escribir”. Y es que su fascinación está detrás de cada cambio de estación, animal, bosque o desierto. “Podemos sentirnos afortunados de vivir en Aragón o en el Alto Aragón y poder disfrutar de esta riqueza”, apunta.

Cuando conoces a Eduardo sabes que este volumen no es una señalización fotografiada del camino. Que “va de conocer y amar nuestro territorio a través de las excursiones”. Que más allá de un sendero hacia los rincones que ama, es una guía para el que quiere viajar a la naturaleza salvaje del Conde Rusell y conectar con ella. “Vivir la naturaleza es una gran conexión que todos llevamos dentro de alguna manera. No con cualquier naturaleza, sino con la bien preservada. Y eso es posible en muchos rincones de Aragón”. 

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