Huesca

SAN LORENZO 2022

Indigestión con la dieta blanda de Castillejo de Huebra

Premios de dos orejas para un serio Diego Urdiales y una más para un Morante de media corrida ante unos inservibles murubes, mansos y descastados

Urdiales, quebrando a su primero por arriba en el inicio de la faena.
Urdiales, quebrando a su primero por arriba en el inicio de la faena.
Pablo Segura

El menú de dieta blanda de los murube de Castillejo de Huebra se indigestó en una tarde de deglución pesada por la descastada moruchada que presentó la ganadería. La fórmula es ya conocida: vienen los ases del toreo y es obligado servir platos ligeros, de fácil y rápida asimilación, no vaya a ser que los diestros sufran de pesadez y haya que tirar de almax o de omeprazol. Sucede que si este régimen se administra en exceso, también se padecen molestias digestivas; vamos, que se hace una bola dificultosa de tragar, como pareció sucederle a Morante en su segundo.

Y además, no es que ayer se cocinara bajo en sal; no, es que la carta completa fue de una absoluta sosería, unas insípidas y desabridas reses que se aburrían de su misma existencia. Fue una corrida cuyas aceptables hechuras se terminaban en unas caras cornicortas y cerraditas que en algunos casos generaron sospechas en el aficionado.

El público, generoso como es en Huesca, regaló trofeos como paréntesis de entretenimiento mientras iba a lo suyo, las fotos con el móvil, la tertulia balance de los primeros días de fiestas o la temporada taurina y la copiosa y sabrosa merienda, de viandas variadas y bien regada con vino, cerveza, cavas y cubatas. El respetable de fuera, ayer numeroso, se aburrió o se dedicó a ver el ambiente.

En el empacho de los destacados murubes mantuvo con mayor prestancia el tipo Urdiales, don Diego, un Cossío vestido de luces, un señor que es un andante tratado de tauromaquia y que recetó al que cerró plaza unas buenas dosis de toreo digestivo. Fue un toro reservón y con una alarmante flojera, como toda la corrida, al que trato de hacer embestir pase tras pase corrigiéndole la tendencia a protestar, calmando este defecto con un toreo bien mascadito por el pitón izquierdo sobre todo; paciente y sumando pases de uno en uno. Tan afanoso estuvo Urdiales, con esa honradez incuestionable que lo caracteriza, que se pasó de masticación y acabó sufriendo para cuadrar al toro, que rodó a la segunda. El público lo premió con una oreja su actitud.

En el primero, pareció lucir más, si bien Urdiales tiró en este caso del manual para el manso de viaje corto con toreo al hilo del pitón y fuera de cacho, en una faena como la primera de ortodoxa estructura y sin un alarde para la galería. Mató de una fulminante estocada entera y se le recompensó con un apéndice.

Precisemos: en ningún momento aquello fue una exquisitez. Simplemente donde otros ven problemas y ponen excusas, Urdiales se pone a trabajar con esa sapiencia de la que ha hecho marca personal.

Llegaba Morante con todas las expectativas, ausente de Huesca casi una década, con la esperanza de que luciera algo de ese poso de torero de época que viene exhibiendo en las temporadas de la pandemia, en las que se ha echado la fiesta a la espalda. Pero el respetable quedó ayuno de ese gentil andarle a los toros y de dominar la fiereza con mano angelical, ese toreo de singular donaire y valor verdadero de torear en los terrenos del riesgo.

Nada, porque el menú que él eligió tampoco le gustó. En el primero, administró a un inválido algunas gotas del elixir de su aromático toreo pero poco más. Nunca en el sitio, siempre con el pico (otra vez la justificación para el manso de escasas fuerzas) el respetable quiso gritar olés pero tuvo que ocuparse en aliviar la garganta en otra tarde de calor castigador. Pellizco y poco más de Morante para despedir a su rival con una entera trasera tras pinchar. Se llevó una oreja de respeto.

Al segundo, lo habitual en el de Puebla en estos cosos. Lanceó a una mano junto a toriles con el toro apretando mínimamente y al tercero, con ese mohín de disgusto tan identificable en Morante comunicó al público que el burel le disgustaba. Visto y confirmado: lo despachó a las primeras de cambio entre algunas protestas. Claro, era otro mansazo, pero no peor que el anterior.

Los Castillejo de Huebra no valieron para cosa, tampoco para lucirlos en el capote, hurtándonos el goce de dos sublimes maestros de la verónica como Morante y Urdiales. Lo de pedir un quite era ya lujo de estrella Michelín.

Por anotar, y en una tarde de redención de plata, la tres cuadrillas cumplieron en una meritoria ejecutoria, siempre a favor del toro. La habitual excepción, claro, la de la suerte de varas, con las malas praxis habituales.

¡Ay! También estuvo el Cordobés. Ayer no le dio ni para cumplir con su cometido de calentar los tendidos para los fenómenos a quienes abrió plaza porque sus ganas y su simpatía no sirvieron para condimentar la insustancialidad de los toros. Si ni el sol se refrescó con su toreo gaseoso, imagínense qué tarde.

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