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Mariano Viñuales Gracia: “Me fascinó el mundo de la ópera y he podido vivir de ello y jubilarme”

Su primera gira “fue con La bohème, de Canadá hasta Florida, una experiencia impresionante”

Mariano Viñuales posa junto al retrato que le hizo su amigo el pintor ‘Mabal’.
Mariano Viñuales posa junto al retrato que le hizo su amigo el pintor ‘Mabal’.
N. C.

YO SOY UN ilustre corista de Huesca. Empecé en el Coro de la Coral Oscense, donde estuve 11 años, e hice mi carrera en el coro del Liceo de Barcelona, desde el 2003 hasta que me jubilé en el 2019. Mis últimos 16 años han sido cantar óperas por un tubo”. Entre una etapa y otra, estuvo tres años en el Liceo “y otros 15 años por allí, cantando de solista por el mundo”. “Esta es mi historia”, resume Mariano Viñuales Gracia (Huesca, 1959).

“Profesionalmente -comenta- he estado bien, me he jubilado de mi trabajo, que es lo que he pretendido toda la vida, vivir de mi trabajo y hacer lo que me gustaba”. Y añade: “Me he dedicado solo a la ópera y al oratorio, del resto de la música no tengo ni idea. Y al ser bajo, mi repertorio no lo conoce prácticamente nadie”.

“Le podía haber sacado más rendimiento a mi voz, pero seguramente hubiera sido menos afortunado”

Puede decirse que su relación con la música comenzó “cuando tenía 8 o 9 años. Era un crío cuando mi tío José, hermano de mi padre, que vivía en Valencia, me dio 500 pesetas para comprarme una guitarra. Me compré la guitarra y fui a Don Agustín Cuello, que estaba en el Palacio de Carderera, a aprender, pero el solfeo no me entró. Aprendí cuatro o seis acordes para poder cantar cancioncetas”.

Con los años, su hermano Antonio, que falleció en marzo de 2018, da nombre al Conservatorio de Huesca y cuyo recuerdo predomina en su memoria. “Entró en la Coral Oscense y después de acabar Magisterio, con 19 años, tiró por la música. Conocíamos a Conrado Betrán y yo, que tenía 14 años, quería entrar en la Coral, pero mi hermano no lo vio conveniente. Esperé un año, Antonio se fue a la mili, le tocó a Melilla y lo aproveché; hablé con Conrado, me hizo una prueba y me cogió. Empecé a estudiar canto y solfeo con él; el solfeo me entró divinamente, me quedé alucinado, y alterné el canto en la coral con canto como solista”, relata.

“Me he movido en el registro de bajo y me ha ido muy bien”

Quedó segundo en un concurso de arias de ópera en Pau y fue cuando buscó un profesor en Barcelona. “Iba una vez a la semana. A las 6 de la mañana iba a Monzón, cogía el expreso de la Coruña, el mítico Sanghai, y a Barcelona. Clase, comía y me volvía en el talgo hasta Monzón, donde cogía el coche, y para Huesca. Así dos años”. Durante 4 o 5 años “hacía el turno de noche de celador en el Hospital Psiquiátrico, lo que me permitía ir a los ensayos de la coral y cuando salía de trabajar, a Barcelona”.

“Había decidido estudiar el tema lírico y tuve la oportunidad de entrar en el Liceo en 1985. Estuve hasta el 88 enfrascado en el tema de la ópera y me planteé estudiar por mi cuenta con una pianista que había cubana, que venía de la Universidad de Indiana de Bloomington, y pasaba repertorio con un célebre cantante que se llamaba Nicola Rossi de Lemeni. Me puse en contacto con él, me hizo ir a Roma a hacerle una audición y me dijo que me daría clases, que me matriculara en la escuela de Bloomington, y estuve dos años”.

“Mi gran afición hoy en día es vivir tranquilo”

El segundo año optó a “una beca del Banco de España de 17.000 dólares de entonces; un año más y primera gira con La bohème, desde Canadá hasta Florida, una experiencia impresionante y aprendiendo siempre, porque para mí el mundo de la ópera era totalmente desconocido”.

En el 2003 aprobó las oposiciones en el Liceo de Barcelona y allí trabajó hasta el 2019, que se jubiló con 60 años.

Hace Mariano de su carrera, un “balance alucinante”. “Me fascinó el mundo de la ópera y me he dedicado a eso y he podido vivir de ello y jubilarme y estar muy satisfecho con mi trayectoria”. Un viaje en el que le acompañó una buena voz, un “buen instrumento” como le gusta decir. “He heredado unas buenas condiciones, la potencia en la voz de mi padre y la afinación y la sutileza de la música de mi madre. Me he movido en el registro de bajo y me ha ido muy bien”.

Además, “no he estado nunca malo, he tenido muy buena salud, solo una vez he tenido que suspender”. Y a ello añade “mi persona”, su carácter. “Para moverte a grandes niveles tienes que entregar tu vida a eso, sacrificio, y a mí me ha gustado tanto vivir, viajar, disfrutar de la vida... Y eso me ha proporcionado mucha felicidad y a la vez me he ganado la vida dignamente. El primer sorprendido soy yo. ¿Le podía haber sacado más rendimiento a mi voz? Sí, pero seguramente hubiera sido menos afortunado”.

Este trabajo, no obstante, “es duro. Haces una ópera y estás estudiando tres, una en alemán, otra en ruso…, lo tienes que memorizar todo, yo alucino de mí mismo”. Y aunque ha vivido en los Estados Unidos, confiesa que con el inglés, no puede. 

“Eso sí,-resalta- acabas esa ópera y se olvida absolutamente todo”. Juega, pues, con la ventaja que supone “que la cabeza me borra todas las cosas cuando dejo de hacerlas… Si me tuviera que saber de memoria todas las óperas que he cantado en El Liceo, sería una barbaridad”.

Dos preguntas:

¿Una ópera? “Le tengo especial cariño a Rigoletto, de Verdi, la primera que escuché; me la mandó mi hermano desde Melilla en casette, con Pavarotti, Sutherland… Pero hay muchas muy buenas y muy agradables”.

¿Cuál es su afición en estos momentos? “Mi gran afición hoy en día es vivir tranquilo”.

Finaliza subrayando la satisfacción que le produce la carrera de sus sobrinos Antonio -“un gran violinista que lleva varios años en Basilea”- y Cecilia -“que comienza a dar clases en el Conservatorio de Huesca”.

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