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Paco Gracia: "El hierro es un elemento difícil, siempre vas a salir perdiendo"

El amor que el escultor le profesa a este material empezó en la forja, trabajo que realizó hasta hacerse tabernero

Francisco Gracia, en el patio de su casa en Huesca.
Francisco Gracia, en el patio de su casa en Huesca.
D.A.

El hierro, como material, y las tabernas, como espacios donde se suceden fragmentos de vidas, se igualan cuando se habla con Francisco Gracia sobre sus haceres y sus pasiones.

Paco duda al intentar definirse. No sirve un solo término; “Hago un trabajo de escultura, no sé si soy escultor”. Y en el intento de llevarle al origen de su relación con este material honra a la figura del herrero, de la que aprendió el trabajo de forja con el que expresa, en sus esculturas, el encuentro de su alma con la del material: “El herrero es alguien de oficio, es gente especial; un artesano complicado y muy respetable”.

Conoce el material que tiene entre sus manos, y por eso anticipa su propia derrota; ya que “es un elemento difícil”, y el resto es saberlo; “que si te opones a él, va a ganar siempre”, “que vas a salir perdiendo, acabar totalmente derrotado, soltando el martillo...”, pero que aunque “no vas a ganar la guerra, sí vas a librar una buena batalla”.

Hace unos cinco años, ahora Gracia tiene 70, decidió regresar a Huesca, dejando Barcelona, a donde llegó a los 20 para estudiar Sociología, tras haber pasado desde los 14, trabajando en Arados Baches, “con Antonio Baches Peralta, un herrero de pueblo con mucho ingenio, mucha inteligencia y mucha capacidad”, donde aprendió la forja en un entorno con unas condiciones duras de trabajo, “en las que todo estaba basado en el esfuerzo personal, en el hacerte daño...”.

Compaginó sus estudios con el trabajo, nuevamente en un taller, esta vez, “pequeñito, que era justo lo contrario” a lo que había conocido, en el que “se hacían mecanizados de precisión, trabajos de fresado y torno, para estudios de ingeniería que hacían prototipos de máquinas”.

Su pasión por las tabernas se materializa al término de sus estudios en Sociología, de la mano del escritor Pedro Zarraluki, desde el inicio, con un restaurante -De nit sopars- y un bar-musical -Falstaff, “eso es droga dura”-, y junto a la agente literaria Carmen Balcels (“con una ‘l’ porque ella lo castellanizaba”), ya para abrir el Café Salambó, referencia literaria de una época, principalmente “por Carmen” y por el Premio literario del mismo nombre: el galardón “que ha tenido los mejores jurados en toda la historia de los premios literarios de España sin discusión”.

“Como tabernero estás a medias entre confesor y psicólogo”

De la figura de tabernero, Gracia dice que si la ejerces “estás a medio camino entre la figura del confesor, que ha desaparecido, y la del psicólogo de cabecera, que todavía no se ha instaurado”. Reconoce el enganche que provoca el combinar las dos vidas que dan el día y la noche y presume, humildemente, de haber estado “viviendo el mundo de la noche durante 30 años sin fallar una sola”.

El encuentro entre el hierro y la taberna se da con la apertura de la primera, -“donde había un pianista; un sitio maravilloso y muy romántico”-, pues “las tabernas las hacía yo, me gustaba el mundo de la decoración y de las líneas”. Pero la cohabitación con ambas Paco la practica a través de la concepción que tiene de la dimensión tiempo, porque “tener tiempo siempre ha sido importantísimo”, porque “el tiempo es lo único que tienes en esta vida y además, cuando eres consciente, te das cuenta que ni siquiera eso” y “es tan poco que no merece la pena ni sufrir ni llorar, ni emplearlo en cosas que no te gustan”.

Desde este prisma vital se entiende que Gracia junto a su socio Zarraluki hayan pasado 40 años trabajando “dos meses sí, dos meses no. No teníamos dinero pero teníamos tiempo, que es lo mejor que se puede tener”.

“El de Huesca es el mejor taller que he tenido nunca”

Su dedicación a la forja ha sido posible también gracias a la oportunidad de haber tenido acceso a un espacio donde instalar su taller, cuatro en total. El primero en la casa en la que vivió durante parte de los 47 años que pasó en Barcelona en la sierra de Collserola. Entremedias, dos. El último, en Huesca, “carretera de Sariñena, en una antigua explotación ganadera de los padres de Eduardo Cajal. Por en medio de dos edificios hay un caminito de tierra y al fondo una verja verde. Ahí estamos 4, 5 o 6 ‘delincuentes’ en ese espacio magnífico. Es el mejor taller que he tenido nunca”.

Conservar las amistades de Sasa del Abadiado, de donde es originario, y las de Huesca le ha facilitado el retorno. “Gracias a José Ignacio Boix, que éramos amigos de Huesca y convivimos juntos unos años en Barcelona, me puso en contacto con Cajal y ha sido maravilloso”.

Está encantado por su regreso a Huesca, cinco años que además han resultado ser “absolutamente productivos desde el punto de vista creativo”. Para hablar del futuro, recurre al presente, “al hoy, la única manera sabia de estar”, una teoría que sabe pero no ha conseguido poner en práctica, como tampoco el estar bien consigo mismo, que es a lo que aspira. Mientras sigue forjando en cada pieza su relación con el material, tan importante en la concepción de la estatua como él mismo. 

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