Huesca

tradición 

San Vicente guía con su luz y alegría a una Huesca "solidaria, fraterna y justa"

La iglesia de La Compañía ha acogido este domingo una misa en su honor en la que se ha venerado su reliquia y se han repartido naranjas

El obispo de Huesca, Julián Ruiz Martorell ha presidido la misa en honor a San Vicente, en la que no ha faltado el reparto de naranjas.
El obispo de Huesca, Julián Ruiz Martorell ha presidido la misa en honor a San Vicente, en la que no ha faltado el reparto de naranjas.
Pablo Segura

"Luz y alegría, estos son los signos que hacen que reconozcamos el valor y la vigencia de la figura de San Vicente, para que una Huesca solidaria, fraterna,  justa, convencida y convincente viva también de su victoria". 

Con estas palabras ha destacado este domingo el obispo de Huesca, Julián Ruiz Martorell, las virtudes y el legado que este mártir copatrón de Huesca, dejó a su ciudad durante la eucaristía que se ha celebrado en su honor en la iglesia de San Vicente el Real (La Compañía). En la ceremonia se ha venerado su reliquia y se han repartido naranjas, como guiño a la tierra levantina, donde pereció el santo. 

En el mes de enero del año 304 este diácono fue sometido a múltiples torturas en su empeño de permanecer fiel a Jesucristo y de no unirse a la religión pagana. "Durante muchos siglos San Vicente nos ha guiado con su luz. Nos ha acompañado, nos ha animado con su ejemplo y depende de nosotros que su vida y su testimonio sigan impulsando esta ciudad de Huesca", ha dicho el obispo de Huesca.

El cabildo catedral, el alcalde de Huesca, Luis Felipe, miembros de la corporación municipal, mairalesas y numerosos oscenses han asistido a esta celebración religiosa en un templo abarrotado de fieles en el que apenas cabía un alfiler. 

Julián Ruiz Martorell ha relatado a los asistentes la historia de este mártir "que ha quedado grabada en nuestra memoria y en nuestros corazones" dando lugar a una tradición que se perpetúa hasta nuestra época. 

San Vicente, nacido de familia noble, fue confiado por su padres a San Valero, obispo de Zaragoza. A los 18 años fue elegido diácono y se le encomendó la labor de la predicación. Su primera época en esta labor se desarrolló de forma serena y pacífica, pero después se originó una sangrienta persecución decretada por los emperadores romanos Diocleciano y Maximiliano. En el año 303 se publicó un edicto imperial que obligaba a todos los pobladores del imperio a adorar al César. Para llevar a cabo estos edictos persecutorios llegó a la península el precepto Daciano que se ensañó cruelmente contra la población cristiana. Entró por Gerona, pasó luego a Barcelona, luego a Zaragoza, donde mandó prender a San Valero y a su diácono Vicente, pero no quiso entregarlos inmediatamente al suplicio. "Quiso quebrantar sus fuerzas con abundantes trabajos. Les cargó con pesadas cadenas y obligó a conducirlos a pie hasta Valencia, les hizo padecer hambre y sed y en el largo viaje dos soldados les sometieron a todo tipo de malos tratos".

Julián Ruiz ha explicado que "cuando ambos fueron conducidos ante el tribunal Vicente habló con tanto entusiasmo del favor de Jesucristo que regañaron a los carceleros por no haberles debilitado con más sufrimientos". Ante su negativa a pasarse a la religión pagana, Daciano desterró al obispo e hizo sufrir a San Vicente las más espantosas torturas.  

El primer martirio fue el llamado potro que consistía en amarrar cables a los pies y las manos tirando en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo. "Pero Vicente aguantó este suplicio rezando y sin dejar de proclamar su amor a Jesucristo", ha destacado Julián Ruiz Martorell. El segundo tormento consistió en apalearlo, "su cuerpo fue masacrado, envuelto en sangre, desgarrado..., pero el mártir rechazó la propuesta del juez". Tras negarse a entregar al gobernador las sagradas escrituras de los cristianos para quemarlas, llegó el tercer tormento, la parrilla al rojo vivo. "Ante este feroz tormento Vicente no hacía otra cosa que alabar a dios", ha apuntado el obispo de Huesca.

Fue llevado a un oscuro calabozo y lo dejaron atado para seguir atormentándolo con el objeto de que abandonara la religión cristiana. "Dice la tradición, que ángeles tiñeron con su vuelo la tenebrosa mazmorra, a medianoche el calabozo se llenó de luz, a Vicente se le cortaron las cadenas, el piso se cubrió de flores, se oyeron músicas celestiales y una voz que afirmaba: Ven valeroso mártir a unirte en el cielo al grupo de los que aman a nuestro señor", ha detallado a los asistentes. Tras oír este mensaje, San Vicente murió de emoción. El carcelero se convirtió al cristianismo y el perseguidor lloró de rabia al sentirse vencido por este valeroso diácono. El cadáver de San Vicente fue arrojado a un muladar para que se lo comieran las alimañas y un cuervo le defendió de los buitres. Daciano ordenó posteriormente mutilar el cuerpo y arrojarlo al mar, atado a una rueda de molino, pero las olas lo devolvieron a la plaza de Cullera, donde una mujer cristiana lo recogió y lo enterró. 

Julián Ruiz Martorell también ha recordado que el 30 de septiembre de 2019 el Papa Francisco instituyó el Tercer Domingo de Tiempo Ordinario para dedicarlo a celebración reflexión y divulgación de la palabra de dios. "De esta forma se logra dar fuerza a las sagradas escrituras", ha manifestado el obispo de Huesca. 

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