Opinión

Populistas y gilipollas

Por
  • JOSÉ LUIS UBEIRA
OPINIÓNACTUALIZADA 25/01/2019 A LAS 01:00

Confieso que, aunque llevo meses indagando, no he podido dar con un significado preciso para el término populismo. La 22 edición del diccionario aún no lo recoge, pero establece que "populista" es el adjetivo "perteneciente o relativo al pueblo". María Moliner tampoco dice nada, la pobre, salvo que eso de populista "se aplica a los partidos populares de algunos países".

No parece que sea el caso de España, porque aquí el llamado Partido Popular se empeña en reiterarnos una y otra vez que ellos no son populistas, que eso del populismo es un invento de la izquierda radical marxista leninista, bolivariana o chavista, cuyos miembros son los causantes de todos los males que aquejan a la humanidad Sus adversarios, a su vez, tampoco quieren identificarse con semejante vocablo; se lo atribuyen a golpistas, corruptos y gentes reaccionarias que, ancladas en el pasado, pretenden el inmovilismo social.

Comoquiera que sea, han surgido populistas por todas partes: hay populistas de extrema izquierda, de extrema derecha, de centro izquierda, de centro derecha, del Norte y del Sur; del Este y del Oeste. Populistas narcotraficantes que cantan rancheras y populistas socialdemócratas que gobiernan sin mayoría aliados con los radicales. Populistas demócrata cristianos, independentistas, batasunos y reconquistadores; populistas banqueros, roqueros, raperos, pintores, escritores, actores y espectadores. Tan populista es Putin como Trump y hasta la reina de Inglaterra tiene de populista con eso del Brexit. El término se ha generalizado y ya parece como el aire que respiramos los mortales. Tan necesario como contaminado.

Busco en Internet, la Biblia de nuestro tiempo, y me entero de que el término populismo hace referencia a las medidas políticas que no buscan el bienestar o el progreso de un país, sino que tratan de conseguir la aceptación de los votantes sin importar las consecuencias. Vaya: resulta pues que los llamados populistas no son más que unos políticos farsantes y sin escrúpulos, unos demagogos de tomo y lomo a quienes únicamente les interesa obtener el poder. Y, puesto que todos intentan convencernos, ¿será que son todos unos farsantes populistas Algo parecido me ocurre con el término gilipollas, aunque éste sí viene recogido en el DRAE como "tonto o lelo". Pero, con la universalización del concepto, nos hemos convertido en gilipollas todos, ya seamos mequetrefes, cretinos, lerdos, mostrencos, zafios, burdos, memos, zotes o papanatas.

La vertiginosa evolución de las redes sociales, Apocalipsis de esta nueva Biblia, ha propiciado un universo de opiniones sustentadas en imágenes, descontextualizadas, emitidas en mensajes minúsculos o subyacentes, y carentes por completo de todo tipo de argumentación, como requeriría una lógica elemental. De este universo, se está sirviendo un gran número de gentes de todo tipo y condición para exponer su visión del mundo o para confundir, defenestrar, burlar, repudiar, difamar, menospreciar y humillar a quienes tienen o defienden ideas contrapuestas a las suyas.

Asumo que la realidad venga ya dada en gigas y que nuestros chavales no tengan que hacer sumas y restas con unos y con ceros o saber qué es un chip, como sus mayores. Cada conocimiento asimilado abre nuevas puertas, y en adaptarnos ha consistido siempre la evolución de la humanidad. Pero la conciencia y el pensamiento no pueden regirse por leyes y normas tecnológicas. Van más allá de lo que la inteligencia humana pueda imaginar.

Por modernos que sean, estos novedosos sistemas conducen a una simplificación del pensamiento que a mi entender resulta muy, pero que muy preocupante y contribuyen también a la estupidez colectiva. Ya no cuestiono la adicción cada vez más alarmante que la proliferación del móvil está causando en la sociedad. Más preocupante me parece su recepción pasiva, su asimilación superficial, su aceptación banal sin que quepa entre el fenómeno y sus pacientes ningún resquicio para el análisis, la valoración y la crítica.

Durante el verano del 76, un viejo amigo de mi padre, carlista partidario de Sixto de Borbón y testigo ocular de los sucesos de Montejurra, me explicaba que, de lo ocurrido en la romería, habían tenido la culpa los separatistas y los marxistas, pero agregaba que Franco había sido un majadero. En aquel tiempo yo estaba más atento a las Campanades a mort, que por entonces sonaban, que a las opiniones procedentes de mi contertulio, por muy argumentadas razones que utilizaba siempre al hablar.

Aquel adjetivo, sin embargo, me cautivó. No sólo por proceder de alguien con ideas tan opuestas a las mías, sino porque ampliaban sobremanera mi concepto del Franquismo. En los ambientes universitarios en los que entonces me movía, Franco era un tirano, un fascista o un dictador, pero nunca oí decir, ni por asomo, que también fuera un majadero La realidad, si es que existe, es compleja y cambiante. No cabe en un discurso político, ni en un selfie ni en un wathsapp. Si no aprendemos (y enseñamos) a desarrollar criterios propios, a formarnos puntos de vista diferentes y consolidados con argumentos firmes y sostenibles, capaces de distinguir y separar lo que nos confunde de lo que nos clarifica, lo que nos defiende de lo que nos usurpa, si no somos capaces de ejercer, en suma, una labor crítica y tenaz frente al mundo cambiante que se nos está echando encima, estamos abocados al atolondramiento general y a encontrarnos con unas nuevas generaciones de individuos más hábiles en el manejo de los aparatos tecnológicos, sí, pero más ignorantes, más frágiles, más fáciles de controlar, más vulnerables. O majaderos.

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