Opinión

¿El dinero realmente da la felicidad?

Por
  • ELVIRA SUSÍN
OPINIÓNACTUALIZADA 01/02/2019 A LAS 01:00

En España, según datos del CIS, el nivel de ingresos mantiene una correlación positiva con el nivel de felicidad. Esto significa que aquellos que tienen más poder adquisitivo también tienden a ser más felices que los que no tienen tanto dinero. Sin embargo a partir de determinado umbral de renta esta progresión se interrumpe: Así vemos que las personas con ingresos mensuales entre 2000 y 5000 euros son ligeramente más felices que aquellos cuyas nóminas sobrepasan esa cantidad.

Esto también se aplica a nivel macro: los países más desarrollados tienden a ser más felices. Pero, mientras en los países subdesarrollados hay una relación positiva entre la renta y la felicidad de cada individuo, si la renta per cápita supera los 20.000 dólares por año, la relación desaparece. El economista Richard Easterlin cree que esto se debe a que la felicidad asociada a la riqueza no tiene que ver con el nivel de renta absoluto, sino que se deriva de las diferencias de renta relativas. Es decir, lo que causa felicidad no es tener riqueza, sino tener más riqueza que la media del entorno. Si tienes el mejor smartphone del mercado, mientras que la gente de tu entorno tiene móviles de gama media, esa diferencia te causará satisfacción. Sin embargo, cuando todos en el entorno tienen móviles caros, la posesión de uno de ellos no se considera un lujo, sino una necesidad, y por lo tanto no reporta felicidad.

También es importante destacar que el aumento de la felicidad relacionado con un aumento del poder adquisitivo, no dura para siempre. Por ejemplo, según Brickman, Janoff Bullman y Coatesla; la felicidad que se tiene al ganar la lotería solo dura un año. Después de ese periodo de tiempo, la felicidad vuelve a ser la misma que antes. Por otra parte, la utilidad marginal diseñada simultáneamente por William Stanley Jevons, Carl Menger y León Walras en siglo XIX, cuantificó la felicidad ligada al consumo de un bien, y encontró que con la mayoría de los bienes, la satisfacción que reportaba su consumo decrecía al aumentar éste. Esto significa que un acceso ilimitado a un bien, facilitado por un gran poder adquisitivo, no va a reportar más satisfacción, pues las personas tendemos a cansarnos y alcanzar la saciedad.

Según Dan Ariely, para una mayor felicidad es conveniente dosificar los placeres del consumo: comprar una camiseta cada mes, por tres meses, supone más placer que comprar tres a la vez. También, es importante diferenciar entre el placer y el confort. Tibor Scitovsky asoció el confort con la reducción del dolor o la incomodidad, mientras que relacionó el placer con la excitación y la estimulación. Ambas partes forman parte de la utilidad que un consumo nos reporta, sin embargo las sensaciones que nos producen son completamente diferentes. Es posible saciar el deseo de confort, pero el placer se obtiene de forma momentánea y luego desaparece. Además, el confort perfecto se asocia a la falta de estímulos, por lo tanto se halla alejado del placer. Un individuo cercano a este confort perfecto, sentirá la necesidad de encontrar formas de consumo 1 estimulantes que aumenten su excitación: la necesidad de aliviar el tedio se convierte así en el motor del consumo moderno.

Richard Thaler también se dio cuenta de la diferencia entre dos tipos de placeres: los placeres a corto plazo, y los placeres a largo plazo, que para simplificar podríamos vincular al confort de Scitovsky. Descubrió que los individuos tendían a priorizar los placeres a corto plazo sobre los placeres a largo plazo. Esta priorización reportaba satisfacción momentánea, pero extendida en el tiempo podía tener consecuencias negativas sobre la salud, dinero y felicidad del consumidor. Un ejemplo pertinente es que, si a un individuo se le da a elegir entre tomar una hamburguesa o una ensalada, elegirá la hamburguesa, obteniendo un placer a corto plazo. Sin embargo, decisiones como ésa a largo plazo podrían derivar en un problema de sobrepeso. Desde este planteamiento acuñó el concepto de "nudging", que hace referencia al impulso, logrado a través de medidas legales, que la población necesitaría para tomar las decisiones que le beneficien a largo plazo. De este planteamiento se extrae la idea (a menudo repetida) de que la economía de un país tiene responsabilidad con la felicidad de sus ciudadanos. Al fin y al cabo, un país feliz es más exitoso que un país rico.

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