Opinión

Educación religiosa escolar

Por
  • JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ
OPINIÓNACTUALIZADA 06/02/2019 A LAS 01:00

En una sociedad pluralista como la actual, no se impone la educación religiosa, pero tampoco puede dejar de ofertarse y de señalar los beneficios que reporta para el hombre y la sociedad. La educación cristiana tiene mucho que ofrecer al hombre actual. Pero, digámoslo también claramente, debe ser una auténtica educación cristiana, católica, en plena sintonía con lo que enseña, vive y celebra la Iglesia.

Si el fin de la educación es "la capacidad de un sujeto de formular y realizar su proyecto personal de vida", la dimensión religiosa es esencial.

Lo religioso tiene para muchos ciudadanos una dimensión personal, representa un interés que va más allá del estrecho marco de la vida doméstica y de la conciencia individual, puesto que es un elemento esencial del conjunto de la vida, que afecta a todas sus dimensiones y se manifiesta a través de ellas, por supuesto también socialmente.

Esta enseñanza es especialmente necesaria por desarrollar la capacidad trascendente y dar respuesta al sentido último de la vida. Es esencial en el desarrollo integral de todas las capacidades del alumno.

El Estado puede ser aconfesional, el Estado, no yo, es decir, no los ciudadanos, que sí pueden ejercer la libertad religiosa, y por eso la ley ha de prever que en los Centros públicos se impartan enseñanzas religiosas de acuerdo con las convicciones de los alumnos o de los padres. Eso es sencillamente hacer posible el ejercicio de un derecho ciudadano. Los alumnos han de poder escoger el estudio de la religión (porque son creyentes, o por interés cultural). Y ha de ser una materia, el hecho religioso, que pueda evaluarse (no la fe del alumno, lógicamente, sino el conocimiento de esa disciplina), de la misma manera que se evalúan las demás.

Es básico enfatizar, que el derecho a la enseñanza religiosa no depende de la confesionalidad del Estado.

Siendo el hecho religioso una manifestación cultural, entonces la formación religiosa es una exigencia imprescindible, ya que funda, potencia, desarrolla y completa la acción educadora de la escuela.

Las religiones son hechos humanos, históricos y sociales; la religión ha sido y es una posibilidad humana, muy difundida y relevante. En esa medida, ha de ocupar un lugar en la escuela, porque nada de lo humano le es ajeno.

La enseñanza religiosa en la escuela es, con toda legitimidad, una materia propia y rigurosamente escolar, equiparable a las demás asignaturas en el planteamiento de sus objetivos, en el rigor científico de sus contenidos y en el carácter formativo de sus métodos.

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