Opinión

El alma sobre el Atlántico

Por
  • JOSÉ RAMÓN VILLOBAS SESÉ
OPINIÓNACTUALIZADA 21/05/2019 A LAS 02:00

Vaya por delante que estoy a favor de la inmigración controlada. Conozco a muchos inmigrantes, particularmente hispanoamericanos y con algunos mantengo amistad. Me considero empático y les suelo repetir "que tienen el alma sobre el Atlántico". Han abandonado su patria chica y en esta orilla no hallan fácil acomodo y tranquilidad. Mucho peor se encuentran los que desde África han intentado arribar al sur de Europa en pateras y han enterrado cuerpo y alma en el lecho del mar, sin soñar transfigurarse en sirenas de la poesía como la argentina Alfonsina Storni.

Si somos cristianos, debemos ser comprensivos y misericordiosos, actualizando lo que Dios reitera al pueblo de Israel en el A.T: "Acoge a los extranjeros, recuerda que tú también fuiste extranjero en Egipto".

Pienso que, con excepciones, emigran los más intrépidos, lanzados, trabajadores… y que allá quedan los pusilánimes y conformistas. Así será harto difícil que superen sus países de origen las dictaduras, las injusticias, la ignorancia, la pobreza y la inseguridad que sufren. La educación es y será, como en todo el mundo, la única solución para que los pueblos se regeneren y adquieran la paz social. Aunque caigan las dictaduras, faltarán líderes honestos que despierten al pueblo aletargado. Y no olvidemos apuntar a la droga que es la raíz de la corrupción y del crimen. Costará siglos erradicarla.

¿Realmente los inmigrantes listos desean regresar? Lo dudo. La situación allá sigue mal y sería imposible que se arreglara de la noche a la mañana. Aquí somos del primer mundo y disfrutamos de mayor calidad de vida.

Conocí en Londres a una joven colombiana a la que envió su banco a aprender cómo trabajaba la banca de la city y luego les enseñara a sus jefes. Ella se colocó en un gran banco londinense y les daba largas a sus superiores que esperaban ansiosos su vuelta. Me contó que su sueño era ser profesora de Economía en una universidad de su país para levantarlo. Se casó con un inglés y tuvo su primer hijo, Marcos. Instalada en Londres la economista-broker, ¿regresará a su país natal El caso de Paula es hiriente. Nicaragüense igual. Tiene esposo y nueve hijos. Vino aquí con dos hijas preciosas. Un hijo de doce años le insiste que lo traiga. Intentó venir su marido hace un par de años y, después de pagar el pasaje, le denegaron la entrada en Barajas.

M. es encantadora. Vivía aquí en pareja con un joven de su tierra, Nicaragua. Él la dejó por otra y M. cogió una depresión bestial. Afortunadamente la superó al conocer a Oscar. Su jefa de trabajo, médico, Oscar y yo mismo la animamos a estudiar y ha obtenido el título de auxiliar de enfermería. Me ha invitado a su boda que celebrará en meses. Nunca he conocido a una joven enamorada tan feliz. Las palomas de sus senos parece que van a romper su blusa para cantar su alegría por los cuatro vientos. Para que esto no suceda, M. acude al gimnasio.

Con este happy ending es momento de terminar.

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