Opinión

Jorge Nuño

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 25/05/2019 A LAS 02:00
Jorge Nuño
Jorge Nuño

A lo largo de mi vida, me he cruzado con muchas personas excepcionales. Y entre esas, algunas no las podré olvidar nunca. Una de estas se llama Jorge Nuño. Es un tipo poco común: de padre español, madre alemana, creo que nació en Granada, estudió en Colonia y a través de una historia digna de una película se casó con Katia, una delicada polaca, cuando todavía era muy exótico intentar atravesar la pétrea burocracia de un país comunista. Las vueltas que da la vida les llevaron con sus dos hijos a instalarse unos años en el Valle de Benasque, al lado de Castejón de Sos, concretamente en El Run, de donde llegó a ser incluso "alcalde pedorro", como él mismo suele explicar. Como todo esto pasó mientras yo vivía en el extranjero, no los habría conocido de no haber sido nombrado Jorge secretario general de Caritas Europa, algo que le vino como anillo al dedo, porque es un tipo al que no le preocupa nada implicarse si se trata de ayudar a los demás. Y eso lo supe porque ya se habían hecho conocer por allí y alguien del valle me dijo que tal día sería la ceremonia de toma de posesión. Y a falta de otro método para que me reconociese, me presenté sencillamente con una botella de agua de Veri en la mano, que, como esperaba, resultó el método más efectivo porque le atrajo como un imán y así me distinguió inmediatamente entre todos los asistentes. Hay algo especial en ese lugar del Pirineo de Huesca que se nos clava a todos, a unos por haber nacido allí y a otros, como Jorge y Katia, porque después de haberlo conocido ya no pueden olvidarlo.

Durante estos años en Bruselas, Jorge y yo habremos hecho miles de kilómetros juntos en moto por Bélgica y alrededores, él solo ha llegado a fundir su BMW cuando volvía de los Urales después de haber bajado con ella hasta Tarifa. Profesionalmente ha viajado aún más que yo por toda Europa y alrededores, conoce Polonia y Alemania como la palma de su mano y, por si acaso, tiene casa en Chinchón, porque todavía no sabe dónde estará su próximo trabajo. En fin, tiene donde elegir.

Pues bien, el otro día, también en Bruselas, fue su despedida después de dos mandatos al frente de Caritas Europa. Y allí, delante de todos los que han formado su equipo -entre ellos un obispo-, ante la persona que le va a sustituir, es decir, en presencia de un montón de gente y dentro de una iglesia, pronunció su último discurso, naturalmente en inglés. Me puedo imaginar que era uno de los más importantes de su vida. Cuando estaba terminando tomó aire y dijo que para expresar mejor sus sentimientos, quería dejar algo "de mi tierra". Ante el asombro general se puso un cachirulo y empezó a cantar a todo pulmón la "Albada" de Labordeta mientras se proyectaba en una gran pantalla la letra traducida (con alguna adaptación para el caso, hay que decir) sobre impresionantes imágenes del Valle en verano, con sus praderas y sus bosques en pleno esplendor. No hace falta que les diga cuanto duraron los aplausos.

Como llevo tantos años en el extranjero, me ha pasado cientos de veces que al hablar de Castejón y de Benasque en cualquier parte encuentre a gente que han estado allí, que van a esquiar a Cerler o que estuvieron de pequeños, que es relativamente normal porque es una zona turística. Todos lo sienten más o menos como un lugar especial. Y algunos lo han hecho suyo para toda la vida. ¡Qué les voy a decir yo que, esté donde esté, antes de abrir la ventana me miro por internet alguna webcam del Valle!

Naturalmente, no basta que este trozo del Pirineo haya marcado a Jorge. También él dejó su marca por allí y por Barbastro y Monzón. La reparación de la gran fuente de El Run, de donde mana la mejor agua del mundo para preparar un buen té (no les quepa duda de que es verdad), por ejemplo. Y aún con todo, eso no es lo mejor. Lo más importante es lo que Katia y Jorge dejaron en los corazones de la gente que les ha conocido. Y eso sí que no se olvida.

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