Opinión

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  • CONCHITA DEL MORAL HERRANZ
OPINIÓNACTUALIZADA 17/06/2019 A LAS 02:00

El día 26 de junio de 1975, después de una reunión familiar con jóvenes de los cinco continentes, te marchaste al cielo. Qué lejos estábamos de pensar que nos ibas a dejar; rectifico, no nos has dejado, pues como siempre decías: "Desde el cielo os ayudaré más" y claro que notamos tu ayuda.

Fue ese rato que tuve la suerte de estar ahí a tu lado cuando noté de manera especial tu amor por las almas, tu desvivirte para dejar claro que el amor de Dios nunca traiciona y que vale la pena seguirle.

San Josemaría, eras de corazón y mente universal, amabas a todas las personas aunque pensaran diferente a ti. Cuántas veces te oí decir: "¿Por qué no puedo ir del brazo de otro que no piense como yo ". Eso sí, al pan pan y al vino vino, la verdad por delante, pero sin maltratar a nadie, sin coaccionar... Y volviendo a la tertulia de ese día, te interesaste por una japonesa que acababa de llegar a Italia preguntándole si se acostumbraba a las comidas, ya que eran tan diferentes, le dijo que fuera sencilla y dijera lo que le sentaba bien o no le gustara porque nunca lo había probado y que, poco a poco, se iría acostumbrando.

Nos recordaste el amor a la Iglesia y al papa. Te desvivías por todas las personas, siempre dando un consejo oportuno, una ayuda material cuando era necesario, sabías escuchar y sonreír, jamás estabas triste y repetías: "Un hijo mío puede estar cansado, pero triste, no".

Nos enseñaste que todo trabajo bien hecho es un encuentro con Cristo. Que no hay trabajos de poca categoría, que la categoría depende del amor de Dios que se ponga en él. Por eso, en la Obra que tú fundaste, caben todas las personas a las que Dios les da esta vocación: obreros, médicos, campesinos, historiadores, amas de casa, artistas, empleadas del hogar, etcétera.

Quisiera resaltar alguna de tus virtudes aunque todas las tenías en grado heroico, por eso la Iglesia te incluyó en el libro de los santos y además eres el santo de lo ordinario.

Tu humildad para saber perdonar, cuando fuiste tan criticado por algunas personas que no te entendían y todo esto, lo inculcabas a tus hijos; sabías pedir perdón si alguna vez pensabas que podías haber herido a alguien.

Tu caridad para comprender y querer a todas las personas. Además, tu ayuda generosa visitando enfermos en los hospitales y los atendías prestándoles tu ayuda.

Tu amor a Dios y a la Virgen, a la cual erigiste algún santuario donde puede ir mucha gente a visitarla y pedirle ayuda.

San Josemaría, imagino que ese día 26 estarían las puertas del cielo abiertas para recibirte como un siervo fiel y bueno. Dile a la Virgen, a la que tanto amabas, que interceda por sus hijos.

¡Felicidades y gracias!

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