Opinión

La naturaleza y la política

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 17/06/2019 A LAS 02:00
La naturaleza y la política
La naturaleza y la política

Cuando puedo me escapo de Bruselas. Como ahora, que paso unos días en el lugar que más me gusta del mundo y que es el Valle de Benasque y mi casa de Castejón de Sos. Igual ya lo he dicho alguna vez, pero me encanta repetirlo. Esta vez he aprovechado una concentración de motos, que además me ha permitido dar un paseo por la Ribagorza y el Sobrarbe, para sentirme orgulloso de enseñar a gente que viene de lejos estas joyas de paisajes que tenemos por aquí. Hasta yo he descubierto el maravilloso puente de Capella sobre el río Isábena, cuyas piedras tendrían muchas historias que contar. Hemos pasado por el espectacular torre-vigía de Abizanda, por las orillas de los dos grandes pantanos del Cinca, por La Fueva, por el maravilloso congosto de Ventamillo y, como guinda, hemos terminado en el Ampriu de Cerler, que está ahora de un verde tan intenso que es difícil encontrar una comparación para describirlo. Como pasa muchos años, he comprobado que tampoco recogeré ni nueces ni manzanas porque una inoportuna helada en mayo ha fulminado todos los árboles. Y eso es malo porque quiere decir que los jabalíes y los tejones no encontrarán tanta comida por los bosques y los campos abandonados y vendrán probablemente adonde no deben, a buscarla. A las golondrinas que he visto bañarse en un remanso del barranco de Urmella eso les importa poco, porque siguen con su dieta de insectos. Los ganaderos del valle preparan las cosas para el verano, los prados están en tu esplendor, algunos ya han empezado con el primer corte y los copropietarios de pastos como los de la ancestral comunidad del Monte de Estós, afinan las cosas para recibir a las miles de vacas de subirán a la montaña mientras dure el buen tiempo.

En fin, todas las cosas mantienen su ritmo como ha sido siempre. Y me gustaría que entre estos ritmos ordinarios, serenos, naturales, pudiéramos incluir las elecciones municipales y el nombramiento de alcaldes. Me pregunto qué pensar de lo que ha pasado en Huesca capital, no por lo rocambolesco del caso, sino porque antes del día de las elecciones, antes incluso de que empezase la campaña, hasta la constitución de las corporaciones municipales, todo ha sido una especie de competición partidista, ideológica más exactamente, y no he visto en todo ello gran cosa sobre los proyectos concretos que los ciudadanos podamos necesitar. En pocas cosas puedo decir que envidio a los belgas. Una de ellas es que hacen muy buen chocolate (sin desmerecer al de Benabarre). La otra es que como tienen un país cuarenta veces más complicado que el nuestro, se han acostumbrado desde hace mucho a negociar para poder mantener abierta la administración. Pero no negocian concejales o votos únicamente por simpatía ideológica. Cuando todo el mundo sabe el peso que le han dado los electores, lo que pactan son los proyectos concretos -y los dineros que hacen falta para llevarlos a cabo- precisamente porque tienen que dejar aparte sus ambiciones puramente partidistas. Se supone que para que un partido pudiese pretender imponer su programa de máximos, tendría que tener el respaldo generalizado de los electores. En la práctica política en España se habla poco de los proyectos y cuando alguien llega al poder, aunque sea por un voto, lo que quiere es hacer todo lo que tenía pensado, y peor para la oposición porque jamás se tendrá en cuenta lo que piensan quienes les han votado.

No digo que en Bélgica las cosas vayan mejor. En realidad es un país mucho más frágil que el nuestro, la corrupción es tan profunda que ni siquiera llega a los tribunales como si sucede aquí y se pagan impuestos hasta para respirar. Pero son más ricos que nosotros. Aquí, que tenemos tantas cosas buenas, podríamos aprender de otros las que nos podrían ayudar a mejorar. Da pena ver pintadas pidiendo que fusilen "a los políticos" -había una cerca de Bonansa- porque la política y las instituciones son necesarias. Y la democracia es algo bueno, en todo caso muchísimo mejor que una dictadura. Pero los partidos no aprenden que no son lo importante, que lo único que cuenta son los ciudadanos y las instituciones mientras que ellos son meras correas de transmisión. Y que el día en que los cambios en los ayuntamientos sean algo civilizado y natural como los ciclos en la montaña, entonces querrá decir que hemos logrado mejorar mucho nuestra sociedad. De momento, eso no lo lleva nadie en el programa.

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