Opinión

Inmensa gratitud y adiós apenado a los Padres Jesuitas

Por
  • JOSÉ RAMÓN VILLOBAS SESÉ
OPINIÓNACTUALIZADA 27/06/2019 A LAS 02:00

Después de cuatrocientos años de convivencia con nosotros se nos va de Huesca la Compañía de Jesús. Los jesuitas han sido nuestro referente espiritual y cultural de máxima calidad. El espíritu para los creyentes. La Compañía ha sido la iglesia en la que más ha brillado el culto a la Eucaristía, que es el núcleo de la vida cristiana. Los Padres han estado siempre a la vanguardia, han dirigido a multitud de fieles en su camino hacia el Maestro. Un Padre u otro han pasado infinidad de horas escuchando confesiones de forma que nos abrazara el perdón de Dios.

Se van por lo que el Papa Francisco expuso por el mes de octubre pasado: "la hemorragia de vocaciones en la Iglesia". Son cuatro los últimos, los héroes, los demasiado presbíteros (ancianos) que entrarán en la historia oscense: Fernando Lasala, Millán Arroyo, Carlos Sancho y Luis Añorbe.

Nos dejan la iglesia de San Vicente, en el corazón de la ciudad, como un pincel. Y eso que su fábrica es magna. Por muchos años seguiremos llamándola "La Compañía". En ella hemos experimentado la amistad de los Padres. En ella hemos comido el pan de la Eucaristía todos juntos. Que esto es lo que etimológicamente significa "compañía". El Pan que nos hace uno.

Los jesuitas han celebrado la Eucaristía con dignidad y solemnidad en lo posible, acompañándola con órgano y voces corales. Sus homilías han sido escuetas y precisas.

La Exposición y Vela del Santísimo a diario nos ha hecho acercarnos más a Jesús Vida.

Por supuesto, han inculcado la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, su carisma especial. "Mirad este Corazón que tanto ha amado a los hombres y, sin embargo, no recibe de ellos más que ingratitudes y desprecios" (Jesús a Santa Margarita María de Alacoque en una visión).

A este respecto, a mediados de los 50 se produjo un pequeño altercado en la ciudad. Desde tiempo inmemorial había presidido el majestuoso retablo del altar mayor la imagen de San Vicente. Lógico, pues la iglesia lleva su nombre. Sin embargo, los jesuitas de entonces decidieron que presidiera el retablo una imagen grandiosa y acogedora del Corazón de Jesús y relegaron así a San Vicente al ático o cuarto trastero del retablo, como dijeron algunos católicos de sacristía.

En todas las iglesias tenía lugar por aquellas edades la separación de hombres y mujeres. Y los jesuitas fueron los únicos que colocaron sobre el respaldo de los dos últimos bancos sendos carteles separadores: Hombres-Mujeres. Me chocaba mucho porque por los mismos años el Padre Peyton había lanzado la campaña mundial de "La familia que reza unida permanece unida". ¿Por qué dividirla en la iglesia me decía yo.

Aparte de esto, que no tiene mayor importancia, en la iglesia radican siete organizaciones apostólicas cuyos nombres no recojo por temor a dejarme alguna.

La fiesta del Sagrado Corazón se solemnizaba con una procesión exterior. Partía de la iglesia, se acercaba al parque, ladeaba la Plaza Navarra, avanzaba por los Porches y retomaba el Coso Alto hasta la puerta de la iglesia. Antes de la dispersión de los fieles, un Padre accedía a un balcón del primer piso de casa Mingarro, desde el que pronunciaba un fervorín que tocaba las fibras de los corazones de los participantes La devoción a la Santísima Virgen queda plasmada con el rezo diario del santo rosario.

Los jesuitas consiguieron recientemente del Ayuntamiento autorización para construir la rampa de acceso a la iglesia sobre suelo público. Lo que no consigan ellos… Fueron directores espirituales del Seminario Conciliar. Entre los últimos que desempeñaron el cargo se cuentan los Padres: Fantova, Mundo, Montserrat y Gómez. Así mismo su residencia sirvió de "rincón de pensar" de algunos sacerdotes que habían cometido un supuesto desliz. Un caso o dos, creo recordar.

La novena de la Gracia en honor a San Francisco Javier, a primeros de marzo, concentraba mayor asistencia de devotos. Todos los años venían predicadores foráneos de la orden.

Han albergado hasta la fecha la Escuela de Teología San Vicente, que este año ha contado con cerca de 30 alumnos.

Han asistido espiritualmente en sus domicilios a numerosos enfermos.

Debo destacar la excelente preparación intelectual y pastoral que ha coronado a la mayoría de los jesuitas que han convivido con nosotros a lo largo de los cuatro siglos. Hubo un tiempo en que compartieron sus conocimientos en un colegio propio.

Empiezo la lista de jesuitas notables con el Padre Baltasar Gracián que fue enviado a nuestra ciudad como confesor y predicador en 1637. Publicó su primer libro "El Héroe" en la imprenta Juan Nogués del Coso Alto, con el impulso y patrocinio de Juan Vincencio Lastanosa. Siguieron "El Discreto", "El Criticón" (conjunto de críticas), "El Oráculo Manual" y "Arte de la Prudencia", que fueron publicados en la misma imprenta. Predicaba en una ocasión una novena y un día dijo que había recibido una carta de Satanás y que al día siguiente procedería a su lectura. El Padre Superior le ordenó rectificar y el Padre Gracián, dejando de lado su carácter avinagrado, rectificó afirmando que lo de la carta había sido invención suya.

El Superior actual, Fernando, es zaragozano. Siempre sonriente y cercano. Es doctor en Historia de la Iglesia y durante unos veinticinco años ha profesado en la Universidad Gregoriana de Roma.

Con el Padre Millán coincidí, sin la suerte de conocernos, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense. Él había sido secretario de la Facultad y posteriormente profesor de Psicología y Pedagogía. Yo era un estudiante medio furtivo. Por sus homilías los fieles lo conocen como "El Catedrático".

El Padre Carlos fue Provincial y pasó la mayor parte de su vida en actividades pastorales y docentes.

El Padre Luis, también pastor y docente, es gran amante de la música.

Y muy a mi pesar, suprimo por falta de espacio los comentarios que había escrito para mis amigos: El Padre Vicente, en la actualidad misionero en Cuba.

El Padre Ferrer Benimeli, experto en la Masonería y oriundo de Huesca.

El Padre Fernando Meseguer, animando las celebraciones con su guitarra.

El Padre Bonifacio Aguirre, que se encarnó en Huesca y fue un apasionado defensor de la recuperación del Castillo de Montearagón.

El Padre Juan Marqués, recordado porque imponía penitencias de comprarse y comerse un pastel. Su intención era que celebráramos el perdón de Dios con alegría.

Con el Padre Isidoro Pinedo tuve un feeling particular, que no puedo explayar.

El Padre Enrique Vaquerizo, director de las Congregaciones Marianas, trabajó duro con los jóvenes en los años de la transición.

El Padre Ciordia, organista, creó una escolanía para solemnizar las celebraciones litúrgicas.

Finalmente, paso a exponer que, sin darme cuenta, siento que mi vida ha corrido paralela con la Compañía de Jesús. Cuando tuve problemas en la parroquia de San Pedro El Viejo, los jesuitas me acogieron con cariño y me ofrecieron vivir con ellos. No acepté. Pero ahora por mandato del obispo Don Julián parece que voy a asumir la responsabilidad de sustituirlos. ¡Que el Espíritu Santo me conceda sabiduría y fortaleza! No os vais. No cerráis vuestra casa. Los católicos oscenses os hemos edificado una morada en nuestros corazones. Desde Huesca con amor.

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