Opinión

El progresismo y el progreso

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 28/01/2020 A LAS 01:00

El vodevil que hemos visto estos días en la política española a propósito de Venezuela es un buen ejemplo para poner a prueba un concepto que el actual Gobierno ha querido que sirva para definir la coalición que lo sustenta. Me refiero al término "progresista" que a mí me parece que no es más que un truco para evitar definir esa asociación como lo que es, una alianza social-comunista de toda la vida. A mi amigo y ex director Ángel Expósito le hace mucha gracia y suele citar en su programa de radio en la COPE la definición que hice hace tiempo sobre este término y que viene a decir que entre el progreso y el progresismo existe la misma relación que entre el cine y el cinismo, es decir, ninguna. Pero, puesto que hay tanta gente que cree de buena fe lo contrario, que el progresismo es una ideología que promueve el progreso, habrá que explicar de dónde viene y qué significa todo esto.

El progreso no es un término que haya estado siempre presente en las sociedades humanas. Durante muchos siglos se pensó que los logros que había conseguido el Imperio Romano representaban el culmen del desarrollo social y artístico, por lo que no hacía falta explorar nada nuevo. Tanto es así que después de la Edad Media se produjeron varios episodios de fiebre "neoclasicista" que proponían el regreso a los cimientos y las formas del mundo romano. Tal como la conocemos nosotros, la idea de progreso nace en el siglo XVII con grandes filósofos como Francis Bacon o René Descartes que subrayan la cualidad intelectual y espiritual del hombre, el dominio del saber y el conocimiento, como el camino para someter a la naturaleza. Lo que hemos hecho después de eso es ampliar el conocimiento y seguir introduciéndonos en campos inexplorados de la ciencia y el saber, y eso es lo que se hemos definido como progresar. El problema es que muchas cosas que en su momento hemos considerado como un gran avance, un gran progreso, han tenido efectos colaterales muy perniciosos para otras cosas. Mi familia viene de un pueblo maravilloso que se llama Liri y durante siglos mis antepasados se dedicaron a la cría de caballerías, hasta que a alguien se le ocurrió inventar el tractor, que fue el momento en el que mi abuelo se arruinó. Alfred Nobel inventó la dinamita, porque creía que era un avance formidable, pero se fue a la tumba pensando que habría creado un monstruo que en forma de bombas mataría a mucha gente. El progreso definido bajo la óptica del desarrollo científico y técnico siempre pasa por encima de algo. A veces ese coste es insignificante, como las bacterias que mata la penicilina –un grandísimo progreso para la humanidad- pero otras veces son fenómenos dolorosos, como el que se nos ha llevado por delante a los periodistas con la aparición de internet.

El camino que ha seguido la idea de progreso hasta convertirse en una ideología ha sido bastante tortuoso, pero eficaz. Frente a esta disyuntiva entre los efectos positivos y negativos del progreso, que no existía en tiempos de la ilustración, el marxismo se define a sí mismo como la fórmula definitiva para la evolución positiva de la humanidad, es decir, el modelo social, el progreso definitivo. Como eso era una utopía –y en todo caso el coste de ese avance era la abolición de la libertad- la adaptación ideológica del marxismo se dedicó sistemáticamente a definir el progreso según sus intereses, lo que es una opción muy inteligente porque como hemos visto es cierto que la idea en realidad tiene unos contornos muy difusos. Pero ahora el pensamiento que se define como progresista es aún más confuso: ¿son más progresistas los que reclaman la vuelta a la naturaleza o los que dicen que se pueden clonar personas? Me da la impresión de que el progresismo tal como lo conocemos hoy tiene mucho de aquella retranca pragmática de la vieja ideología marxista, que aprendió a ser como los gatos, que no importa cómo los tires, siempre caen de pie. De ello, se puede deducir que lo que tiene de progresista esta coalición es el nombre, muy respetable, y que sería ilusorio esperar que por ello su acción vaya a suponer necesariamente ningún tipo de progreso objetivamente hablando. O que, en todo caso, si hubiera algún tipo de cambio que sea juzgado como positivo por algunos, será igual de objetivamente perjudicial para otros, que es lo que al final sucede con los gobiernos de todas las ideologías.

Progresar, lo que se dice progresar, es lo que ha hecho Pablo Iglesias, que hace cuatro días estaba viviendo del sueldo de profesor en un piso de Vallecas y ahora es vicepresidente del Gobierno, su mujer también es ministra y gracias a ello tienen medio pagada la casa con piscina en Galapagar. Eso sí que es progreso. Y la forma con la que ha hecho que las bases de su partido lo admitan como algo natural, eso es el progresismo.

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