Opinión

Una mañana en la plaza de Navarra

Por
  • MARÍA PILAR CLIMENTE
OPINIÓNACTUALIZADA 01/02/2020 A LAS 01:00

Tras una noche de sueño, se van encontrando siluetas silenciosas por el centro de Osca. Van abrigados a su trabajo. Quien quiere, pasea a su perro. Otros se toman un carajillo para calentar su cuerpo marchito tras una noche pasada en los cajeros bancarios. Se ven personas de todos los países, inmigrantes. Hablo con una señora rubia, que es una flor bella de Rumanía. Otras veces, saludo a una negrita con su turbante y vestidos preciosos.

Se organizan los grupos jóvenes en pandillas, pero son "ghettos" para la gente que no sea o actúe como ellos. Se sienten superiores por llevar el todoterreno de su padre. Viven con su familia y lo encuentran agradable, además insuperable.

Los pájaros, otra clase de animales, se crían con el cariño de sus padres, pero, llegado el momento, deciden emprender el vuelo hacia un horizonte desconocido, a veces nada seguro debido a la "zozobra" de las etapas humanas de victoria o rechazo de parte de mi familia que, de tanto quererme llevar agarrada, me hunden con las botas puestas. Tengo el orgullo necesario para pedir perdón si mi comportamiento no ha sido el adecuado.

También quiero decir que me educaron igual que mis dos hermanos, para ser independientes. Soy intelectualmente muy cariñosa y emotiva. Me gusta bailar al son de unos gritos y canciones gitanas. Bailo y canto con todo tipo de personas buenas. Cuando bailo, lo hago para defender el honor y el amor fraterno que me inspiró mi padre Fernando.

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