Opinión

Lágrimas por el Brexit

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 04/02/2020 A LAS 01:00

Lo que más me ha llamado la atención de las imágenes de Londres el viernes por la noche fueron esos gritos eufóricos de los partidarios del Brexit, que parecía que se sentían como si la selección inglesa hubiera ganado la final de un mundial. Después de 47 años de vivir juntos, creo que los europeos merecíamos un poco más de afecto que el que se puede deducir de esos cánticos nacionalistas con los que una masa de gaznápiros expresaba su regocijo por haber perdido su condición de miembros de la Unión Europea. El del Brexit es un ejemplo perfecto de intoxicación política, en este caso sembrada por los conservadores y abonada por los populistas ante la mirada indiferente de los laboristas. Todas esas mentiras difundidas incesantemente por los demagogos y sus corrientes en los medios de comunicación han calado tan profundamente en el espíritu de una gran parte de la sociedad británica que daba la impresión de que realmente esa gente creía (y sigue creyendo) que se ha liberado de una opresión injusta gracias a ese entusiasmo patriótico bajo el que no hay realidad que se resista. En el fondo, eso no era más que una expresión racista, en el sentido más científico del término, es decir, la celebración exaltada de una supuesta superioridad que, naturalmente, siempre se atribuye el racista. Ya decía Madariaga hace sesenta años que habían creado la religión anglicana para poder tener un barrio inglés en el Paraíso en el que, por supuesto, no habría extranjeros.

Estoy hablando de los que se alegran de haber roto amarras con la UE, no de todos los británicos, aunque no se puede olvidar que en estos momentos los nacional-populistas son mayoría y van a ser los que dirigirán al país en este periodo de camino al desastre por la vía de la ensoñación de la independencia. Los paralelismos con lo que sucede con el nacionalismo catalán, tan tóxico o más que el británico o el inglés o el escocés, son pluscuaevidentes y conducen al mismo callejón sin salida. En el último debate en el que participaban eurodiputados británicos, el belga Guy Verhofstadt señaló a los privilegios y excepciones que se habían venido concediendo para contentar al Reino Unido como la causa principal y primera que les ha llevado a este estado de cosas en sus relaciones con Europa. No puedo estar más de acuerdo y esto es algo que se aplica también a las comunidades autónomas en España y me atrevo a decir que también a las regiones belgas. No se puede contentar a aquellos que no quieren ser contentados e intentarlo administrando concesiones parciales es tiempo perdido porque cuando se les entrega una parte de lo que piden, solo sirve para legitimar su reclamación sobre lo que no se les puede dar, lo que a su vez alimenta la aparición de exigencias cada vez más grandes.

Jean-Claude Juncker, que antes de haber sido presidente de la Comisión Europea había sido muchos años primer ministro de Luxemburgo, dijo y con razón que los países se dividen en dos grupos: "los que son pequeños y los que aún no se han dado cuenta que lo son", como en este caso el Reino Unido. Con esta segregación deseada les puede pasar lo mismo que ya les sucedió en el Siglo XIX, cuando después de haber inventado la primera máquina de vapor, creían que nadie más que ellos se atrevería a fabricar locomotoras, hasta que de repente descubrieron que en Alemania empezaban a poner las suyas en el mercado. Guiados por una impresión invencible de superioridad, su exigencia fue que la competencia fuera obligada a marcar claramente sus máquinas con un para ellos humillante "Made in Germany", que en este caso significaría más o menos: "¡cuidado, que esta locomotora no es de calidad inglesa!". Ya sabemos qué sucedió luego, que el "Made in Germany" se convirtió en un símbolo universal de excelencia y ya nadie se acuerda de las estupendas locomotoras británicas.

Lo que va a pasar a partir de ahora no será bueno para nadie y menos para los británicos. No es cierto que haya un paraíso escondido detrás del Brexit, entre otras cosas porque aquellos que guiaron a la sociedad hacia esta locura, en realidad no tenían ningún plan alternativo y aún no saben adónde la están llevando. Boris Johnson habla de "un nuevo amanecer" pero todas sus teorías desafían el sentido común. Tanto en la campaña del referéndum como ahora mismo, él y sus seguidores han estado mintiendo sin rubor, que es la actitud más miserable de cualquier dirigente político. Y me paro aquí porque se acaba el papel, no porque no haya también en esto un paralelismo con los nacionalistas catalanes y hasta con el comportamiento ordinario del actual Gobierno español.

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