Opinión

Menores tutelados

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  • Diario del Altoaragón
OPINIÓNACTUALIZADA 24/02/2020 A LAS 01:00

El tratamiento de los menores tutelados, sean acompañados o no, extranjeros o nacionales, de familias desestructuradas o en cualquier situación de complejidad personal, pone el termómetro a la salud ética de una sociedad. En realidad, le coloca ante las letras del óptico y explicita claramente cuál es su visión, si padece de miopía por su incapacidad para entender el mundo globalmente o presbicia por su dificultad para ver lo que le rodea. De hecho, perfila el horizonte de su pensamiento, si no aprecia el panorama más allá de sus narices o, por el contrario, prefiere escabullir el bulto de su contexto. Una comunidad con coherencia tiene la piel fina allí donde es imprescindible poner el ungüento de la sensibilidad y otra capa firme para intervenir ante cualquier injusticia. Cuando nos empleamos a fondo para impregnar de estereotipos a los "menas", en sí una cierta incongruencia y una dejación de responsabilidades respecto a todos los habitantes de esta comunidad, incurrimos en la generalización estulta de la que no puede extraerse rendimiento positivo para el progreso. Cuando, en el polo opuesto, se esgrimen tan sólo doctrinarismos, tampoco se contribuye a la búsqueda de las soluciones más eficaces, que al final ha de ser el objetivo. Buen corazón, mucha razón.

De los diferentes cauces por los que se desenvuelven los menores, debemos aflorar jóvenes preparados para afrontar la vida, para construir su propia autonomía personal, para edificar su dignidad a la vez que ayudan a elevar unas ciudades y unos pueblos más prósperos y más igualitarios en oportunidades. Si somos capaces de darles las herramientas, de ellos penderá su porvenir y, en la senda de sus existencias, radicará en gran medida nuestra robustez moral, que es una meta a la que nunca hemos de renunciar.

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