Opinión

El Ball Plla de la primavera

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 24/03/2020 A LAS 01:00

Probablemente hay que ser de Castejón de Sos o de algún otro pueblo del Valle para apreciar las notas de nuestro Ball Plla, una melodía corta que se repite un numero exagerado de veces en un baile bastante simple. Se baila en los días de la fiesta de El Pilar y en medio de esa euforia ancestral –y con los efectos de un poco de vino- de joven me parecía muy excitante,  aunque también entendía a los músicos que subían de la tierra baja cuando se cansaban de repetirlo y se rendían antes de que todas las chicas hubieran dado la vuelta completa, como es de rigor. La segunda pieza musical profundamente autóctona es la del Baile de los Pañuelos, que a los que no lo conozcan también les puede parecer la murga redundante de un disco rayado, pero que –igual que pasa con el Ball dels Omes de Benasque- representa ese hilo invisible que nos une con nuestros antepasados y que hace que te sientas identificado con todos aquellos que desde tiempo inmemorial han desfilado también delante de la Virgen por ese túnel de pañoletas multicolores.

La otra noche, unos chavales del pueblo, mi sobrino Mario -¡chapó!-  y algunos amigos suyos amantes de la música, tuvieron la portentosa idea de tocar un rato estas melodías cada uno desde su ventana, sin verse siquiera entre ellos, para tratar de romper con sus notas ese ambiente extraño del confinamiento. Estos días yo estoy en Bruselas y en Castejón, mi casa está lejos del pueblo, así que había pocas posibilidades de que hubiera llegado a escucharlos  a no ser porque las redes sociales me lo pusieron delante en cuestión de minutos. Sin embargo, no les oculto la profunda emoción que me produjo esa interpretación abigarrada que ahora todas las noches rompe el extraño silencio del Ral y entre lágrima y lágrima me hace pensar en los más viejos del pueblo que están en la residencia, seguramente también demasiado lejos para escuchar la música, ellos que son justamente la memoria viva de esa conexión con nuestro pasado, y en los que trabajan en el centro de salud que están a su lado y han sido los primeros en contagiarse, porque son los que acuden siempre a tratar de socorrer a los que lo necesitan, sin pensar que en este caso son los más expuestos, y a los que también va dedicado ese simulacro de concierto.

Ya sé que en todo el mundo ha habido muchísimas iniciativas de este tipo en las que se puede apreciar hasta qué punto la gente demuestra que quiere sobrevivir a esta prueba, y que quieren hacerlo como entes sociales, es decir,  junto a sus amigos y con los vecinos con los que probablemente no había intercambiado una palabra antes de esta crisis. Es sorprendente ver cómo una situación extraordinaria está revelando hasta qué punto los seres humanos somos esencialmente sociales. Los mismos que se tomaban una caña aislados del amigo que se sentaba delante, ambos más pendientes del móvil que de la realidad, ahora añoran precisamente esa vida física, ese contacto analógico con el mundo. Todos hemos descubierto que no hay ninguna red social que pueda sustituir a la vida real. No me emociona poner el Ball Plla en el ordenado, porque eso lo podía hacer antes en todo momento: lo que me conmueve profundamente es escucharlo ahora porque significa que los jóvenes de mi pueblo quieren decirnos que están dispuestos a defender esas cosas en las que todos nos reconocemos como parte de una sociedad unida por esas raíces telúricas.

Hace dos años hubo en Europa una epidemia de la que poca gente habló. Las larvas de una mariposa llegada de China –pero traídas por nosotros- devastaron prácticamente todos los arbustos de boj en varios países. En Bélgica, desde luego, fue una masacre en todos los jardines. En Francia fue también catastrófico. Viajando hacia Castejón en coche, al pasar por el valle del río Lot, todo el horizonte eran colinas de bojes abrasados y la hecatombe  alcanzaba prácticamente hasta las faldas del Pirineo en su vertiente norte. La perspectiva de que esta plaga llegase hasta el valle de Benasque me resultaba pavorosa. En el pequeño jardín que tengo en Bruselas me quedaron apenas dos arbustos escuálidos y macilentos a los que casi daba por muertos. Y estos días, mientras me secaba las lágrimas de nostalgia, he visto que ya ha llegado la primavera y que esos dos bojes están brotando por todas partes con más fuerza que nunca, con unas hojas de un verde poderoso y vital, tratando de entonar su Ball Plla vegetal  para decirnos a todos que la vida siempre triunfa y que si la plaga de mariposas ha podido ser vencida sencillamente porque los gorriones han aprendido a comerse a las larvas para contener su propagación, también lograremos nosotros que esto termine. Y en las próximas fiestas del Pilar, los de Castejón bailaremos otra vez al son de nuestra música y se nos encogerá como nunca el corazón de alegría con esas notas simples y hermosas, recordando estos tiempos extraños que también pasarán.

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