Opinión

A don Jesús Domeño Itoiz, salesiano

Por
  • ÁNGEL MARÍA MUZÁS ROTA
OPINIÓNACTUALIZADA 12/04/2020 A LAS 02:00

En estos días de noticias luctuosas y de forzoso confinamiento nos llega otra mala nueva: el fallecimiento del salesiano don Jesús Domeño. Me la envía por whatsapp mi amigo Gabriel y, como no puede ser de otra manera, corre por las redes entre los que tuvimos la suerte de tenerlo como profesor… hace más de treinta años. El comentario es unánime: qué pena, qué gran persona…"¡la órdiga!" -como él solía exclamar-. El dolor es sincero. Y es que don Jesús fue un salesiano que dejó huella en una generación de oscenses a la que enseñó y acompañó tanto en el Colegio San Bernardo como en el Colegio Altoaragón.

Era el año 1983 cuando nos acompañó, él también, en aquel viaje de fin de curso a Italia al terminar COU. Hace falta valor. Dos autobuses de chavales y chavalas de 17 años que antes de separarnos para ir a la universidad hacíamos un tour por Milán, Venecia, Florencia y Roma… Querido y respetado, con buen humor, socarronería y franqueza para comprender a los jóvenes… y con autoridad para mantener el orden en aquella tropa si hacía falta.

Antes nos había dado varios cursos de latín. Era un profesor serio, exigente, riguroso y justo. Conocía bien a sus alumnos. Nos enseñó las declinaciones y nos infló a traducciones. Significativamente, nuestros compañeros de ciencias, a los que no daba clase, también lo apreciaban. Su personalidad trascendía. Y también lo recuerdan hoy.

Tan buena persona y querido como su hermana María Jesús, profesora de francés en el Colegio Altoaragón y a la que la enfermedad se llevó pocos años después. Sé que varios antiguos alumnos acudieron a expresarle su cariño visitándola entonces en la Clínica Universitaria de Pamplona. No dudo que hoy María Jesús habrá recibido a su hermano Jesús en las mismas puertas del Cielo.

Navarro de raíces y aragonés de adopción pasó la mayor parte de su vida en los colegios de Monzón y Huesca. Alguna vez dijo con humor que su Rubicón era el Cinca y que no debía pasarlo.

Vivió con estilo salesiano, de servicio. Cuando paso por el patio de mi colegio aún lo recuerdo, fumando ducados, vigilando los recreos, tutelando a los chavales de esa casa abierta que nos acogió según el espíritu de Don Bosco. Él mismo era una institución junto a tantos salesianos de entonces: Manero, Arlegui, Arana, Ros… Sólo deseo que el ya próximo mes de mayo haya aflojado esta pandemia y nos permita reunirnos a sus antiguos alumnos parar recordarle y dar gracias ante María Auxiliadora.

Gracias, don Jesús.

Gracias, salesianos.

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