Opinión

Los intelectuales sonámbulos

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 05/05/2020 A LAS 02:00

Al ser humano le resultan atractivos los esquemas simples y con relaciones causales evidentes, pero también acepta sin dificultad actitudes y pensamientos contradictorios. Por ejemplo, nadie ignora que fumar es malo para la salud, pero sigue habiendo fumadores. En la vida política ocurre con mucha frecuencia que, cuanto más firme es la adhesión a los elementos más elementales de determinada ideología, más aceptables se vuelven los hechos contradictorios, que, por otro lado, son inevitables porque toda la complejidad de la realidad no cabe en ningún dogma. Sucede, sin embargo, que hemos llegado a un punto en el que para algunos, entre los que me cuento, esas contradicciones se están volviendo muy escandalosas, tanto como el paquete de tabaco que compra el enfermo de cáncer justo después de salir de la quimioterapia. Me refiero a la situación política a la que estamos asistiendo en España, con un gobierno al que se le han dado más poderes que a ningún otro, incluyendo el de limitar las libertades fundamentales, se niega a aceptar los necesarios controles y aprovecha esta situación de excepcionalidad para fines que no tienen nada que ver con la pandemia, pero sigue siendo amparado activamente por una parte muy relevante del ambiente intelectual al que se le supone un mayor grado de lucidez.

No me refiero a la militancia política, la de cualquier partido, que ya se da por hecho que está por ello predispuesta a mantener su pensamiento sujeto al molde elegido y utilizarlo al derecho o al revés para justificar una cosa o la contraria. Siempre ha habido defensores de los valores familiares que se arreglan con su secretaria o valedores de la sanidad pública que prefieren ir a un hospital privado. Estoy hablando de aquellos a los que se atribuye un criterio suficientemente cultivado e independiente para ejercer una mirada crítica honesta y racional, pero que por extrañas razones se convierten en militantes voluntarios y activos como si fuera la única actitud aceptable para un intelectual. No se trata de ayudar a derrocar al Gobierno de Pedro Sánchez o de favorecer una combinación política diferente, que es algo que se ha de ventilar en las urnas. Esto va sencillamente de ser capaz de analizar una realidad extremadamente inquietante, no porque se trate de un gobierno de izquierda, sino porque no se puede asistir impasible a una mixtura de medias verdades y de mentiras –muchas mentiras, desde luego, y no solamente respecto a la gestión de la epidemia- que se superponen en el ambiente dramático de la covid-19 y que deberían ser percibidas con la misma prevención que el taladro del dentista cuando se acerca al nervio de la muela. Varios gobiernos han echado mano de la legislación extraordinaria, pero algunos como la primera ministra belga Sophie Wilmes han dejado claro que esto tiene un objetivo y unos límites: "La dinámica de excepción existe para proteger el sistema en su conjunto desde el momento en que eso es necesario. Si utilizamos la dinámica de excepción para convertirla en una nueva forma de funcionar, eso se sale del marco democrático". En España, sin embargo, el Gobierno de Pedro Sánchez está diseñando lo que de forma totalmente contradictoria llama la "nueva normalidad", de un modo que se deduce que prefiere que las circunstancias excepcionales se conviertan en la regla, y eso es algo que va mucho más lejos de lo que sería racionalmente aceptable por un demócrata.

Cualquiera puede ver que este Gobierno es malo, está lleno de incompetentes y ha engordado sin sentido sus estructuras administrativas, cualquiera debería denunciar que el presidente miente continuamente y no busca la cooperación con los demás actores institucionales, oposición incluida, que no tiene un plan para sacarnos de la catástrofe económica que se avecina –eso sí que será una "desescalada"- y que tampoco escucha a quienes podrían ayudarle a hacerlo, que está abusando de los poderes excepcionales que se le han otorgado y no los corresponde sometiéndose a su vez a un control igualmente excepcional del Parlamento. Todos hemos sido testigos de que, al revés, prefiere empañar los mecanismos de transparencia, filtrar preguntas en las ruedas de prensa o directamente poner a la Guardia Civil a perseguir actitudes críticas. Por no saber no sabemos ni dónde andan la mitad de los ministros, entre ellos la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, que desde que anunció su restablecimiento no ha dado señales de vida. Casi nada de lo que ha hecho era necesario para actuar eficazmente contra la pandemia y, sin embargo, ahí está todo este arsenal de síntomas como un indicador de alarma que debería sonar en las conciencias críticas, en lugar de ser el combustible de estériles debates. De hecho, la mayoría de los países no han necesitado poderes excepcionales para hacer frente a esta catastrófica situación y mucho menos aquellos que han tenido infinitamente más éxito que nosotros. El problema, por citar el análisis de una buena amiga, no es que "hayamos pasado de la polarización al guerracivilismo", algo por otro lado previsible cuando se aplica la "Ley Goldwing". La cuestión es que ante un debate tan sensible como este, muchos de los que deberían defender ardientemente la libertad y la democracia por encima de las ideologías, prefieren ir a buscar tabaco. Sonámbulos.

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