Opinión

Cruda, funesta smania

Por
  • FELICIANO LLANAS
OPINIÓNACTUALIZADA 08/05/2020 A LAS 02:00

Mi desenfrendo frenesí por el idioma italiano me ha llevado hasta la apropiación indebida de este título, un pasaje musical de la opera Lucia di Lammermoor, para encabezar el artículo. Me encanta la musicalidad de la lengua italiana, capaz de enfatizar hasta el dramatismo hechos cotidianos que en nuestra habla castellana pasarían sin pena ni gloria. Valga como ejemplo el cartelito que una vecina de mi primo el Conde Pelatti, título pontificio, había colgado en el rellano de la escalera para poner en sobre aviso a su esposo: "Renato, ritorno súbito. ¡Aspettami!" Evidentemente entre este melodramático texto y el clásico: "Vuelvo en un minutito", no hay color.

Decía Camilo José Cela Trulock que las personas excéntricas por medio de sus cotidianas manías, van soltando paulatinamente la presión de la olla exprés en que se ha convertido su cabeza, evitando el irreversible estallido que llevaría al individuo a la locura total. Los maniáticos están perfectamente integrados en la sociedad, y sus extravagancias son aceptadas por sus congéneres con las consabidas frases: Las cosas de mengano…Ya conoces a zutano… En la Huesca del siglo XIX mi bisabuelo Feliciano Llanas Susiac tenía un tío médico que, a pesar de ser muy apreciado por su talento, era conocido por su extraño comportamiento como: "El loco Susiac". Circulaba el excéntrico galeno por las polvorientas calles de la ciudad tocado con una generosa chistera a lomos de un gran triciclo. Cuando le daban aviso, lo primero que preguntaba era en qué piso se hallaba el doliente. Si le decían que en un bajo, acudía a la visita con gran parsimonia. Si el enfermo se encontraba en un piso alto salía raudo y alborozado a la atención del paciente. Mucho intrigaba a la clientela esta curiosa actitud del galeno, pero pronto se resolvió el enigma, cuando un vecino observó por la mirilla de su puerta al extravagante médico acomodándose su descomunal chistera en el descansillo de la escalera, para luego, sujetando con firmeza el maletín, lanzarse a caballico por la baranda hasta el patio. Su sobrino don Anselmo Llanas también fue un gran médico. Como no se conocían los antibióticos, realmente no contaba con grandes recursos para curar a sus pacientes, pero su proverbial ojo clínico lo llevaba a tasar la fecha del fallecimiento de los enfermos sin el menor margen de error. Fiel a esta manía cuando por su avanzada edad le falló la salud y fue ingresado en el Hospital Provincial, al recibir la visita de Joaquín Santafé, el mancebo de botica de la farmacia, le dijo: "Amigo Joaquín, la hemos cagado, me he acartonado y ya no me muero". Efectivamente padeció una larga agonía.

Pepín Bello era muy maniático para la comida, aunque no lo pareciera por el descomunal saque que gastaba. En sus estancias en Huesca, su aversión al perejil llevaba hasta el paroxismo a su cuñada Viki Valenzuela. Antes de sentarse a la mesa Pepín daba algunas vueltas por el comedor venteando el más mínimo atisbo de olor a perejil y exclamaba con desagrado: "¡La comida tiene perejil!" Viki negaba con resignación cristiana una y otra vez. Pepín insistía: "Tiene perejil, y el perejil es sólo para los loros". Durante otra temporada le dio por alimentarse exclusivamente con latas de conserva. Antonio Garrigues Walker me contaba con nostalgia las explicaciones que le daba Pepín exaltando las posibilidades que aportaban las latas de conserva a la dieta de un solterón recalcitrante. Cerca del final de su vida llegó a la conclusión de que la perfección nutritiva se encontraba en el chocolate con picatostes. Lo tomábamos en el hotel Miranda Suizo de San Lorenzo de el Escorial. Cuando venía a mi casa de la sierra de Madrid, mi esposa Gloria sustituía los picatostes por bizcochos y no le parecía mal.

En plena decadencia del Real Aeroclub de Huesca, unos años antes de su desaparición, cuando más arreciaba el crudo invierno, se cerraban los radiadores de los grandes salones dejando tan sólo abiertos los del bar, en cuyo sofá se arrellanaba la tertulia de mi padre, Pepín y Antonio Bello. Al bar se accedía por una puerta corredera, que como es fácil imaginar ningún parroquiano, cuando entraba al bar a altas horas de la madrugada ávido de bebida, se molestaba en cerrar, produciéndose en el acto una corriente glacial que descomponía a los tertulianos, quienes comenzaban a lanzar unos gritos desesperados al barman Aquilino Amoedo: " ¡Micifuz!" así lo llamaba mi padre por los grandes bigotes que lucía: "¡la puerta!¡la puerta!" Micifuz que debía atender a todo, no siempre estaba en disposición de cumplir las órdenes, y los maníacos tertulianos seguían gritando desesperados: "¡Micifuz cierra esa puerta, que nos ataca la blenorragia*!" Incluso insistían en francés para darle mayor dramatismo a la situación: "¡la blennorragie, la blennorragie!" Y así todas las noches del crudelísimo invierno oscense.

El primero de Mayo el Cabildo Catedral y el Ayuntamiento organizaban la romería a la ermita de la Virgen de Loreto. Cuando mi padre era alcalde, el azote posconciliar había dejado muy pocos canónigos y todos ellos de provecta edad. Las limitadas fuerzas de los tonsurados aconsejaban hacer la romería en un autobús. Por tanto salía del Ayuntamiento el alcalde flanqueado por la corporación municipal en dos filas, ataviados con sus bandas rojas y precedidos por la bandera, los maceros, clarines y timbales (ya se sabe: en España sólo salen a golpe de timbales los toros y los concejales) y se subían en riguroso orden de protocolo al autobús, de la oscensísima empresa Huesca Automóvil, que les esperaba en mitad de la plaza. Entonces por la puerta de la catedral, presidido por el Deán, don Ramón Abizanda, salía el cabildo tras la cruz procesional, revestido para la ocasión con sus ricos ropajes eclesiásticos, rojos para los canónigos y negros para los beneficiados, y también subía al autobús en el riguroso orden que imponía el ceremonial. Una vez celebrada la santa misa, cantada en latín por la Coral Oscense, dirigida por su fundador Conrado Betrán, el Ayuntamiento cumplimentaba a los desfallecidos canónigos con un refrigerio en las dependencias aledañas a la ermita, propiedad desde la desamortización de la familia Marcuello. Mi padre no era de gastar cuando se trataba de dinero público, por lo que encargó el ágape a Micifuz para que saliera más económico. Micifuz muy solicito acomodó en la fría estancia a los tonsurados, entre los que se encontraban don Ramón Bonet, don Marino Sanjuán, los hermanos Clemente, don Enrique García y don Isaac, con el cuidado y el mimo que la frágil salud de estos santos varones requería. Acabada esta delicada operación, vino a observar al fondo de la estancia una puerta abierta, por la que pasaba una corriente glacial que claramente acechaba la perjudicada salud de los venerables canónigos, así que ni corto ni perezoso, recordando las advertencias de mi padre y de los hermanos Bello, les dijo con la cortesía que tan principales personas merecían: "Si me permiten ustedes, voy a cerrar esa puerta, no vaya ser que cojan una blenorragia".

*Blenorragia, gonorrea o gonococo, es una enfermedad de trasmisión sexual causada por la bacteria Neisseria gonorrhoeae. Los síntomas en el hombre son la sensación de ardor en la evacuación de las orinas, secreciones de pus por la uretra (de aspecto blanco o amarillento), dolores testiculares y prurito uretral (comezón).

FELICIANO LLANAS

Presidente de la Asociación Conde de Aranda

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