Opinión

Las cortinas de la peste

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 12/05/2020 A LAS 02:00

En la hermosa catedral de Barbastro hay una capilla decorada con un ardiente estilo barroco dedicada a San Carlos Borromeo, que siendo arzobispo de Milán en 1576, confortó a toda la ciudad con su actitud compasiva durante una terrible peste que duró más de dos años. Entonces, seguramente el buen hombre sabía de la peste mucho menos de lo que sabemos nosotros de la covid-19, y sin embargo a base de entrega y amor por sus feligreses -se dice que llegó a desprenderse de todo, hasta de las cortinas, para ayudar a los necesitados- se hizo tan querido que cuando poco después falleció de agotamiento, los milaneses no esperaron a que fuera proclamado oficialmente santo y desde entonces, cada 4 de Noviembre se celebra su memoria. Compasión, humildad y empatía es lo que una sociedad asustada necesitaría en momentos tan graves y en lugar de eso nadamos en un ambiente de angustia, que es casi peor que el miedo, porque el miedo va y viene mientras que la angustia es como una gota malaya que no cesa y aprisiona el pensamiento. Cada vez que llamo a alguien para saber noticias suyas, solo hablamos de lo mismo, de lo que habla todo el mundo, e inevitablemente acabamos despotricando, cada cual a su aire. Se han acabado los aplausos de las 8 y hasta los médicos y sanitarios que han sido el auténtico andamio de la sociedad en estas semanas, han acabado cayendo en esa desazón profunda que lo invade todo. Incluso el exceso de información ayuda a fomentar la intranquilidad en vez de contribuir al sosiego. En Aragón que parecían ir las cosas más o menos bien en este sentido, ha bastado una metedura de pata muy fea de la consejera de Sanidad Pilar Ventura para poner todo patas arriba. El único consuelo para el presidente Lambán, a quien hasta ahora he elogiado por su mesura y su capacidad de sumar, es que haga lo que haga con la consejera cualquier decisión será usada en su contra, así que ya se puede preparar para la que se le viene encima.

No se me ocurre quien podría ser ahora el Carlos Borromeo de esta nueva peste. Alguien en quien todo el mundo pudiera confiar, no tanto por que tenga la receta mágica para vencer la epidemia, que eso si que sería un milagro, sino que fuera una persona que transmitiese esa corriente de entrega y de comprensión sumada a la convicción firme que se necesita para estar al timón del barco en plena tormenta. Alguien que pensara en los pasajeros sin olvidar la carga, que supiera sortear cada ola encabritada pero que no perdiese de vista el rumbo, porque el barco ha de llegar a puerto, y que no desdeñase la ayuda de ninguna mano por miedo a que parezca que puede ensombrecer su figura. En fin, alguien que fuera capaz de decirle a los ciudadanos que la epidemia, con toda su carga de dolor y sufrimiento, no es más que la primera parte de una travesía que va a durar mucho tiempo, años, y que nos esperan tiempos en los que recordaremos con simpatía hasta estas aciagas semanas.

La razón principal por la que Pedro Sánchez no puede ser esa figura es porque con sus mentiras sistemáticas ha quebrado la posibilidad de que se pueda confiar en él. No dudo que en alguna parte de todo ese amasijo de ideas que tiene en la cabeza haya algún espacio para la buena voluntad, pero cuando se ha perdido la confianza de los demás, hasta las mejores intenciones se vuelven sospechosas. En su caso, además, a mi no me cabe ninguna duda de que hasta el último de sus gestos está guiado ya sea por los designios del mercenario propagandista que le susurra en un oído, o por las ensoñaciones vehementes del vicepresidente revolucionario, decidido a llevarnos a todos a un puerto donde se han quedado varados y se están pudriendo todos los barcos que han llegado. Hasta esta trapisonda de las fases de desconfinamiento está siendo utilizada con toda arbitrariedad para maniobras políticas de salón. Que se niegue a hacer pública la lista del equipo de asesores o a enviar las órdenes por escrito a las autoridades regionales es una prueba de que es perfectamente consciente de que no está haciendo lo correcto y sabe que en cuanto se descuide le lloverán los requerimientos para que rinda cuentas.

Es una pena que siendo como es Sánchez un tipo mediocre, quiero decir, del montón como lo somos tantos, no haya sabido aprovechar esta triste oportunidad para alzarse como un dirigente humano y sensible, simplemente olvidándose de las miserias de la política para empezar a pensar en la gente como seres humanos asustados y no como votantes a los que hay que domar. Por desgracia, no ha querido ser el Borromeo de estos tiempos y en vez de estatuas como el santo, cuando todo esto acabe no habrá cortinas suficientes para tapar su descrédito.

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