Opinión

Los gatos siempre caen de pie

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 19/06/2020 A LAS 02:00

Tal vez recuerden un reciente artículo mío publicado en estas páginas en el que decía que me parecía imposible que Pedro Sánchez pudiese seguir desafiando hasta a la ley de la gravedad en su intento de soplar y sorber al mismo tiempo. En los últimos días parece que en algún rincón de La Moncloa se ha producido una revelación, tal vez algo que desconocemos todavía, que le ha hecho comprender que para poner orden en una economía devastada necesita aprobar un presupuesto. Como ya no tiene dinero también ha descubierto que nadie le prestará ni le dará subvenciones si no planifica unas cuentas públicas razonables que forzosamente deben estar más cerca de lo que piensa Nadia Calviño que de las majaderías que tiene en la cabeza el marido de la ministra de Igualdad.

Estoy por pensar que la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo ha sido una maniobra de las autoridades europeas precisamente para obligar a Sánchez a decantarse por la ortodoxia. Su elección reforzaría primero a la ministra de Economía frente a la parte más extravagante de la coalición y le obligaría a cumplir en casa lo que predica en Bruselas. De todos modos, me da la impresión de que Pedro Sánchez ya sabe que haga lo que haga tendrá que aceptar lo que le exigirán quienes le van a prestar el dinero, ese dinero que no se fabrica en los cajeros, como creen los niños, sino que viene del bolsillo de los contribuyentes de los demás países. Los belgas, por ejemplo, ya han hecho cálculos y saben que la reconstrucción de España e Italia les va a costar unos 15.000 millones a pagar en 30 años. A los alemanes no les cuento. Es verdad que no tienen alternativa, porque dejar caer a dos de las principales economías de la zona euro sería una catástrofe también para sus empresas, pero no es fácil aceptar regalar el dinero cuando lo que ven en La Moncloa es un gabinete que Felipe González describió -y en mi opinión se quedó corto- como "el camarote de los hermanos Marx". Y a Felipe González les puedo asegurar que en Europa se le escucha más que a Pablo Iglesias.

Lo cierto es que el paso de la pandemia ha destruido todos los planes que habían construido en su imaginación los dos copilotos de ese camarote y alguno de los grumetes más relevantes (o "relevantas") que les acompañan. Una parte de las razones que explican la terrible postración en la que ha quedado la economía ha sido desde luego la propia pandemia. Otra, la gestión errática e inconsistente durante estos meses críticos en los que hemos visto ese pulso entre Iglesias y Calviño, que han llegado casi a las manos defendiendo ideas opuestas e incompatibles sin que Sánchez tomase partido por ninguna de las dos. En un mundo ideal, ahora que parece que el realismo podría imponerse poco a poco, un observador razonable esperaría que quien ve derrotada su propuesta debiera asumirlo y desaparecer de escena, porque de lo contrario se vería obligado a contradecirse a sí mismo para no entorpecer la acción del Gobierno. ¡Quia! Cuando vivía en Moscú, conocí a un antiguo disidente húngaro que solía explicar esto diciendo que el marxismo (léase aquí el "progresismo") es "como los gatos, que no importa como los tires, siempre caen de pié". En este Gobierno al menos, medio gabinete se ha habituado a vivir en esa contradicción continua de quienes les da igual defender una cosa y su contraria y la contraria de la contraria, porque han perdido el respeto a su propio criterio o a sus convicciones, si alguna vez las tuvieron. Y aún me resulta más misterioso que siga habiendo quien les compra la burra y les aplaude, igual cuando la pintan de verde que de amarillo, ya vivan en Vallecas o en Galapagar.

He leído estos días que parece que el presidente ha fichado a cien economistas para que le ayuden a diseñar la recuperación. Podría decir que eso es bastante ridículo para alguien que insiste en proclamarse como doctor en economía y que ha defendido con uñas y dientes que no copió su tesis. Además, para eso le habría bastado con hablar con algunos de los grandes empresarios que estos días le han intentado explicar, por todos los medios, al menos lo que no debía hacer. Por lo menos me sirve para mencionar un chiste que nos contó a los periodistas Mijail Gorbachov cuando intentaba poner en pié la economía de aquella superpotencia y en el que él mismo es un personaje. El chiste dice así: en una cumbre entre Estados Unidos, Francia y la URSS, el presidente George Bush (padre) confiesa que "tengo cincuenta guardaespaldas, uno de ellos es un terrorista pero yo no sé quién es". Francois Mitterrand replica: "pues yo tengo tres amantes, una de ellas tiene el sida, pero no se cuál es". Cuando le llega el turno –y en este momento Gorbachov está citándose a sí mismo- el líder soviético confiesa: "pues yo tengo cien economistas, uno de ellos es un genio, pero no se cuál es". Parece que en estas está Sánchez.

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