Opinión

La pandemia como cura de humildad

Por
  • GERARDO CASTILLO CEBALLOS (FACULTAD DE EDUCACIÓN Y PSICOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA)
OPINIÓNACTUALIZADA 25/06/2020 A LAS 02:00

Cuando un general romano desfilaba victorioso por Roma en su cuádriga al frente de una centuria, un humilde esclavo sostenía la corona de laurel sobre su cabeza, mientras le susurraba al oído reiteradamente "memento mori", una expresión latina que significa "recuerda que morirás." Estas palabras o su equivalente, "recuerda que solo eres un hombre," apelaban al deber de comportarse como un ser mortal.

El triunfador no debía olvidar las limitaciones de la naturaleza humana (junto a las de la ley y la costumbre), que le impedían convertirse en un dios. Era un recurso preventivo muy relacionado con la idea aristotélica de que el hombre es un ser contingente. Aristóteles oponía la contingencia a la necesidad. Para Tomás de Aquino el ser contingente (el hombre) se contrapone al ser necesario (Dios). El ser contingente es aquel que no es por sí, sino por otro sí. La existencia de Dios es necesaria, pero la del hombre no.

Pienso que a los grandes triunfadores de hoy, a algunos personajes idolatrados por las masas en el ámbito musical, deportivo y político, les vendría muy bien -como profesionales y como personas-, susurrarles al oído "memento mori" tras cada éxito o victoria. Les serviría para no creerse más que nadie, para ser más conscientes de sus carencias y de la necesidad de seguir aprendiendo, para no incurrir en la soberbia y en la vanidad. Al ser más conscientes de los propios límites, aceptarían mejor las inevitables contradicciones que hay en toda vida humana y evitarían las consiguientes frustraciones personales.

Entre los pocos casos que conozco de personajes que ha contado con un susurrador de "memento mori" está Rafa Nadal. Cuando ganó su primer gran título, el Campeonato de España alevín, su tío y entrenador, Toni Nadal, sacó un papel del bolsillo y le leyó, uno por uno, la relación de anteriores tenistas profesionales que lo ganaron todo, para que se diera cuenta de que ya nadie se acordaba de ellos. Tras cada uno de los posteriores títulos Toni le ha venido repitiendo: "no eres más que un chico que pasa una pelota por encima de una red. No lo olvides nunca".

El mal de la egolatría, de algún modo, lo podemos tener todos. Pero la naturaleza, que es sabia, periódicamente nos revela que somos una especie prescindible, desmitificando así nuestro absurdo orgullo de especie privilegiada. Esa revelación se realiza muchas veces en forma de catástrofe natural.

Antes del Covid-19 el orgullo de vivir en la sociedad del conocimiento y del bienestar nos hizo creer que éramos los dueños de un paraíso terrenal y que todo estaba bajo control. Pero una vez más, una catástrofe de la naturaleza nos ha abierto los ojos y nos ha impulsado a pisar suelo firme; ha puesto en cuestión nuestros valores y nuestras prioridades, nos ha descubierto que a pesar del progreso científico y técnico, el hombre del siglo XXI es muy vulnerable.

La pandemia del Covid-19 ha sido un "memento mori" que nos ha realizado una cura de humildad. La humildad es una virtud humana que se atribuye a quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades y obra en consecuencia.

La fascinación por el progreso técnico nos ha hecho olvidar la primacía de los valores humanísticos, morales y religiosos, y con ello, la pérdida del sentido de la vida y la posibilidad de ser felices. La espectacular propagación del virus por todo el planeta está originando una globalización del sufrimiento, haciendo que lo prioritario sea la salud.

Daniel Innerarity afirma que "un mundo interdependiente quiere decir contagioso y desprotegido. Los problemas se expanden y nos afectan a todos. Es un mundo en el que ya no podemos ignorarnos, donde la desatención hacia las miserias de otros no nos protege de su influencia sobre nosotros. La indiferencia no es posible, ni material ni éticamente. La idea de interdependencia significa precisamente que todos dependemos de todos".

Estas juiciosas palabras encierran tanto el problema clave (el contagio de lo no deseable), como su posible solución (la búsqueda solidaria de un bien que se considera común").

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