Opinión

Alternativas a la central térmica de Andorra

Por
  • Diario del Altoaragón
OPINIÓNACTUALIZADA 30/06/2020 A LAS 02:00

Nuestros compañeros de Diario de Teruel abrieron su edición de ayer, a toda página, con una de esas noticias que ningún medio de comunicación desea publicar: la muerte de una infraestructura fundamental para los ciudadanos del territorio, en este caso la central térmica de Andorra. El último carbón quemado en la localidad aragonesa deja la sensación contrapuesta a la efervescencia que se produjo hace 41 años, un lustro después del inicio de las obras, aquel 1979 en la que los cielos se iluminaban ante la certeza de un progreso que se presumía infinito, sin contar la evolución vertiginosa en todos los planos de nuestras vidas, a la que las fuentes de energía no han sido ajenas. Sin embargo, en cuatro décadas pasadas se ha estructurado una mentalidad en torno a la minería que es imposible de desarraigar y que demuestra, además, que ni las más complejas condiciones de trabajo debilitan la voluntad de desarrollo y de aprovechamiento de los recursos.

Que la minería turolense -y de otros lugares de España que hoy padecen el mismo ánimo desasosegante- estaba en peligro es una evidencia que ha tenido en una atmósfera de incertidumbre a las comarcas afectadas, a todo Teruel y a Aragón desde hace lustros. Desafortunadamente, más allá del debate sobre rentabilidades o viabilidades, la sensación de impotencia por la debilidad de los pueblos respecto a las grandes determinaciones adoptadas en pomposos despachos de grandes urbes se acrecienta porque, en el largo periodo de agonía, es difícil encontrar a alguien en las administraciones capaz de valorar que, antes de firmar el certificado de defunción, se debía habilitar un plan de alternativas para que la vida siguiera. Distinta, pero con pulso. Ese es, sobre todo, el fracaso. Los años de la insensibilidad y la imprevisión.

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