Opinión

El futuro en verde

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 04/07/2020 A LAS 02:00

Eesta semana se ha cerrado la central térmica de Andorra, por razones medioambientales que se comprenden fácilmente. Pero al mismo tiempo, la falta de producción eléctrica en España ha tenido que ser compensada -con cantidades pequeñas, es verdad- con electricidad producida con carbón en Marruecos. Si yo viviera en esa comarca de Teruel, tendría sentimientos confusos respecto a lo que estamos haciendo en este ambiente un poco excitado de lo que hoy se denomina pomposamente como preservación del planeta o lucha contra el cambio climático. En materia de ecología, muchas veces los principios son muy sencillos de enunciar y eso le viene bien a los que tienen tendencia a interpretaciones demagógicas. Cuando uno piensa en aplicarlos a todos los casos y en todas partes, resulta que eso provoca consecuencias que contradicen a los principios o a otros, como el del sentido común, que son tanto o más importantes. Cuando hace viento, hay quien presume de que sume tantísimo el porcentaje de energía renovable y poca gente sabe que las palas de los aerogeneradores tienen que cambiarse cada cierto tiempo y están hechas de un material que no sabemos reciclar y que por ello se están enterrando masivamente en una especie de cementerios gigantescos, sencillamente porque no saben qué hacer con ellas. No son radioactivas como los residuos de las centrales nucleares, menos mal, pero algún día aparecerán esos depósitos de fibras sintéticas y plásticos durísimos, que ahora nos limitamos a esconder. Pasa igual con los coches eléctricos, que ahora se pregonan como la cosa más ecológica del mundo, pero nadie se ha parado a pensar que ahora mismo no hay fabricas de baterías en Europa mientras que las imposiciones radicales de muchos ayuntamientos obligan a la gente a tirar a la basura coches relativamente modernos y que aún tendrían una vida útil razonable (y razonablemente limpia si se compara con la tecnología de hace 20 años). Si todo fuera tan sencillo como cree esa adolescente hiperactiva sueca que anda por ahí, ya estarían todos los problemas resueltos, pero la verdad es que cuando creemos que se hace algo bien para arreglar algo, siempre se desencadenan efectos que empeoran otra cosa.

Sin embargo, ya que hemos llegado hasta aquí lo que no hay es marcha atrás. En los próximos dos años se va a empezar a producir el cambio más radical que hemos conocido jamás, en dirección a ese mundo ideal en el que como dicen sus profetas, la energía y el transporte se producirán, como se dice de los alimentos, sin conservantes ni colorantes. El escenario inesperado que supondrá una aceleración histórica en esta transformación ha sido la pandemia del Covid-19 que ha congelado la economía tradicional y desde Europa se ha decidido que todo el dinero que se va a inyectar para intentar revivirla se destinará a esta transformación. Y será muchísimo dinero.

Eso llevará también el tema medioambiental al centro de la política. Los activistas medioambientales tendrán que pasar de las pancartas a la vida real, es decir, darse una vuelta por Andorra para explicarles a sus habitantes cuál va a ser su futuro sin carbón ni térmica. Hasta ahora hay dos modelos, los países que tienen partidos ecologistas pragmáticos como Alemania y Austria, o aquellos donde sus ideas han permeado tanto a todo el espectro político que no es necesario que haya un partido nominalmente ecologista, como en algunos países nórdicos. Hay otra opción que es la que se ha instalado en Francia y que consiste en que como nadie se ha ocupado del tema, la izquierda radical se ha apoderado de la bandera ecologista y ahora le complica tanto la vida al presidente Macron que este no ha tenido más remedio que dedicarse a levantar también la bandera verde.

¿Y qué sucede en España? Pues que no hay ningún partido ecologista razonable, que las grandes fuerzas políticas tampoco están con este tema en la cabeza y que me temo que cualquier día serán los demagogos de Podemos los que empezarán a mover este asunto en la peor de las direcciones.

Tenemos la mala suerte de que en estos momentos hay en España un Gobierno cuya visión de futuro no pasa de la próxima chapuza del CIS y al que la idea de planificar la transformación de la economía le suena a chino. Afortunadamente hay muchas empresas que ya se han dado cuenta de que esa renovación es no solo necesaria sino buena y rentable y ya están preparándose para lo que viene. Pero no estaría de más que los responsables políticos dejasen de perder el tiempo. Podríamos repetir tonterías como la de gastar ese dinero en cosas como el aeropuerto de Huesca o prepararnos para hacer las cosas bien esta vez.

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