Opinión

Las semillas del conocimiento

Por
  • GARTÓN
OPINIÓNACTUALIZADA 18/08/2020 A LAS 02:00

Lucio Aneo Séneca, Séneca el Joven, filosofó con la convicción de que la naturaleza nos da las semillas del conocimiento, pero no el conocimiento en sí mismo. En esencia, no existe contradicción con el proverbio latino de "quod natura non dat, Salmantica non praestat", esto es, que la universidad (Salmantica) no puede garantizar el milagro de extraer el agua de las habilidades de un pozo seco en talento o de un campo yermo de condiciones.

Supuesto que la gran mayoría de los seres humanos que en este mundo son reúnen condiciones para evolucionar, esto es, semillas, la labor de la sociedad consiste en extraer los mejores frutos en una misión coral en la que confluyen los docentes como grandes expertos, los padres como responsables de la educación real, el cuerpo comunitario que ha de inculcar en su doble función formativa e informativa los valores que se enraizan en la cultura de la que emanan los derechos humanos universales de la declaración, y los propios niños que, a la vez que recogen el beneficio de la enseñanza transversal, quedan comprometidos para mover la noria de la renovación de este mecanismo a la par complejo y sencillo.

Este proceso compete en su máxima dimensión a las administraciones, pero sólo puede alcanzar la excelencia que nos arrebatan año tras año -y con razones- informes como el de Pisa la voluntad de todos los agentes concernidos por el fenómeno educativo, el más importante -a la vez que uno de los peores pagados, por cierto, ante la pasividad generalizada-. Ese motor, como expresó Einstein, más poderoso que todas las fuerzas propulsoras que la fisica y la química han generado.

Si la determinación es feble, el resultado será mediocre. Y las sociedades acomodadas se acoplan a la mediocridad con la misma irresponsabilidad con la que evolucionan los países cuya miopía no les permite atisbar que, en la lejanía, se va aproximando una autodestrucción dolosa. Porque fuimos advertidos, pero hubo un año tras otro en el que nos semejó intrascendente planificar el riego de las semillas del conocimiento con apenas unos días respecto al inicio del curso, que, paradójicamente, es el que pone la primera calificación a la educación.

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