Opinión

Un tal Garzón

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 28/09/2020 A LAS 02:00

Es una lástima que no me salgan bien los artículos directos o personales. Me gustaría escribir, por ejemplo, dirigiéndome al señor (por decir algo) Garzón, ministro de alguna cosa y decir sencillamente: es usted un cobarde y un mentecato. Si en vez de periodista fuera abogado, intentaría acusarle de perjurio grave, de falso testimonio, porque el pasado lunes 13 de enero prometió "lealtad al Rey y la Constitución" (con mayúscula las dos palabras ¡por favor!) como condición para ejercer el puesto que le confiere su pertenencia al Gobierno del Reino de España y es evidente que no estaba diciendo la verdad en una declaración ante el Notario Mayor del Reino. Alguien a quien le parece tan mal que España sea una monarquía parlamentaria, hubiera debido ser consecuente con sus ideas denunciando entonces lo que ahora escupe en las redes sociales. Me refiero en ese mismo acto en el Palacio de la Zarzuela, ante las cámaras de televisión y ante la persona que encarna la institución que quiere destruir. Ha preferido ser un mentiroso, cosa que no es nada original en esta pandilla de ministros, y comportarse como un felón, pero con coche oficial y tratamiento de excelentísimo señor, que en este caso es otra contradicción evidente porque no lo merece.

Pero puesto que este individuo no es ni el único ni siquiera el más estridente en esta asquerosa labor desestabilizadora, no tengo más remedio que dejar de lado la repugnancia que me produce, para hablar de lo que tengo conocimiento directo y fehaciente. Me refiero a la descripción de las consecuencias que esta situación puede engendrar y de las que ha tenido realmente en un país que hace veinte años entró en una espiral autodestructiva que ahora mismo se parece mucho a lo que está pasando en España. Un dirigente adanista, que cree que el mundo ha estado en tinieblas antes de su aparición providencial, relleno de ideas simples pero falsas. Un demagogo, un populista que se aprovecha de cierta inercia intelectual que presupone que si alguien dice ser progresista o revolucionario, forzosamente tiene algo de bueno. Recuerdo perfectamente cómo empezó el descenso a los infiernos de un país como Venezuela y la actitud de muchos de mis colegas, escrupulosamente preocupados por fijarse en el dedo mientras ignoraban a la luna, mientras todos asistíamos al nacimiento de una dictadura que ahora (casi) todo el mundo llama por su nombre, cuando ya no tiene remedio. Para que algo así funcione, para que un país pueda ser destruido es necesario que la sociedad sea intoxicada, sometida a una sistemática receta de envenenamiento. Desde que este Gobierno de Pedro Sánchez nos cayó en suerte, no ha pasado una semana sin un escándalo de los que en otro tiempo (en democracia quiero decir) habría bastado para forzar su caída. El mercenario infame que dirige su estrategia política, me refiero al experto en marketing electoral que le susurra al oído, sabe perfectamente que las sociedades también se saturan de "escandalina" y que la próxima perversidad, el siguiente ataque a las instituciones hace olvidar al anterior. Hemos visto cosas que ni siquiera nos hubiéramos imaginado en un país decente, pero ya se han desvanecido en el barro de tanta sobredosis de necedades. Negociar abiertamente con los terroristas que han estado años asesinando a españoles que defendían la Constitución, humillaciones ante los racistas del soberanismo catalán, manipulación de la justicia ("¿de quien depende la fiscalía, eh? -dígase con entonación chulesca- "¡pues eso!"). La indignidad de las mentiras probadas, tesis copiadas y amañadas, ya se ha difuminado en la conciencia social. Ahora mismo ya no caben más tropelías en el entendimiento de cualquier ciudadano honesto y los recuerdos del pasado no sirven para discernir el límite a partir del cual hubiera sido necesario decir basta y no aguantar ni una más.

Los ataques a la Monarquía no son más que el siguiente escalón de este proceso de devastación. Hay unos cuantos ministros y uno de ellos es encima vicepresidente (fíjense con qué normalidad hemos aceptado que hubiera impuesto que su mujer fuese nombrada también ministra, para que ella se pase el día de portada en portada de revistas de moda, comparado con el rechinar de dientes que produjo a muchos de sus votantes que Ana Botella fuera candidata a concejal del Ayuntamiento de Madrid) que día sí día también hablan de un cambio de régimen. Creo que Pedro Sánchez personalmente quisiera una república, pero solo para ser él el jefe del Estado (Dios no lo quiera) y si tiene que elegir entre estar en la Moncloa o en su casa, no le importa aguantarse como primer ministro. Lo único que explica que lo que dicen y hacen algunos de sus ministros con las instituciones es precisamente que a él solo le importa el poder y que vendería a la madre de Iván Redondo si hiciera falta para seguir disfrutándolo. El problema es que para lograrlo está destruyendo el país que se supone quiere gobernar. Cuando era pequeño te decían: "eres más tonto que Pichote, que vendió el coche para comprar gasolina". Lo que asusta es pensar que cuando haya comprado la gasolina, vendrán sus aliados con la cerilla.

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