Opinión

Paganismo, cristianismo y eutanasia

Por
  • ALEJANDRO NAVAS (PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA)
OPINIÓNACTUALIZADA 02/11/2020 A LAS 01:00

V olvemos a debatir sobre la eutanasia, al hilo de la tramitación del correspondiente proyecto de ley por parte del Gobierno español. Se ha vuelto a subrayar que esa práctica contradice el ethos médico, tal como se formula desde Hipócrates: ante todo, no hacer daño. A continuación, curar, aliviar y consolar. Hay razones de ciencia y de conciencia para oponerse a la pretensión de convertir al médico en matarife. Si nunca se justificó esa praxis, el reciente desarrollo de la medicina paliativa la hace todavía más rechazable: la supuesta "demanda social" que invoca el Gobierno expresa en el fondo la necesidad de cuidados paliativos. Donde estos se aplican, nadie quiere la eutanasia.

Aunque en la discusión primen los aspectos sanitarios, podemos considerar también una dimensión religiosa, que examinaré en su contexto social.

El escenario demográfico de Occidente adquiere hoy un carácter inédito: los mayores de 65 años superan en número a los menores de 15. Esto nunca había ocurrido anteriormente. Se trata de una consecuencia de la prosperidad económica y del progreso médico. La mortalidad infantil ha desparecido en la práctica, la esperanza de vida se prolonga de modo continuo y hemos derrotado a los azotes clásicos de la humanidad (hambre, peste, cólera). Sin embargo, la mejora objetiva de nuestra salud puede convivir con una penetrante sensación de vulnerabilidad: nunca tanta gente se sintió tan enferma y nunca se gastó tanto en salud. Pero gran parte de las patologías que nos aquejan van ligadas a estilos de vida insanos: sobrepeso y obesidad, adicciones –tabaco, alcohol, drogas, pantallas--, enfermedades de transmisión sexual, estrés, depresión, etcétera.

El Estado social y del bienestar se compromete a garantizar la salud y a cuidar de sus ciudadanos desde la cuna hasta la sepultura. Esa promesa, contenida en los informes Beveridge de los años cuarenta, se ha vuelto insostenible. El gasto médico y farmacéutico crece sin parar, y la sanidad se ha convertido en la primera partida del gasto en los presupuestos estatales. Si le sumamos el pago de las pensiones –por no hablar del desempleo--, la bancarrota de la Hacienda pública solo se podrá evitar endeudando a las generaciones futuras. Los occidentales dejamos de trabajar relativamente pronto, y tenemos por delante unos veinte años de vida como jubilados. Durante gran parte de ese tiempo vamos a disfrutar de unas condiciones de vida bastante saludables, que nos permitirán seguir activos de diferentes maneras: hacer de abuelos, viajar, cultivar aficiones. Finalmente, enfermaremos, y es justamente en ese tramo final de la vida cuando daremos lugar a un considerable gasto sanitario. Si la vida se acortara tan solo unos pocos años, el ahorro económico sería fabuloso.

No sorprende que en este inquietante contexto económico y sanitario reaparezcan la eutanasia y algunas conductas de la antigüedad clásica. Debemos mucho a Grecia y Roma, pero el suyo era un mundo cruel y sin misericordia: exposición de los recién nacidos, desprecio de los débiles –pobres, viudas, huérfanos, ancianos--, esclavitud. El cristianismo mejoró la situación de los desfavorecidos, y ahí está justamente una de las razones de su éxito y de su rápida difusión. Cuando se producía alguna epidemia y los sanos –médicos incluidos-- huían de las ciudades, abandonando a su suerte a los infectados, los cristianos cuidaban de sus enfermos y también de los paganos: no había límites para el ejercicio de su caridad. Ese ethos llevó a gente como Basilio el Grande a fundar en 369, en las afueras de Cesarea, el primer hospital del que se tiene noticia histórica: la Basileias. Se trataba de una auténtica ciudad, que acogía tanto a enfermos como a pobres. San Basilio ha pasado a la historia como un gran teólogo, pero había estudiado también medicina en Atenas y se entregó al cuidado de los más despreciados a los que el mundo descartaba y apartaba. Él mismo recibía en persona a los leprosos, dándoles un beso de bienvenida y prodigándoles todo tipo de cuidados. El de Basilio no fue, ni mucho menos, un caso aislado: lo he traído a colación solo a título de ejemplo.

No resulta imprescindible invocar la fe en Jesucristo para defender la vida humana frágil o terminal. Hay una ética y una buena praxis médica inspiradas en razones de simple humanidad. Pero a la vez está claro que la común pertenencia a la especie homo sapiens sapiens no basta para excluir cálculos utilitaristas. ¿Qué nos impedirá eliminar a ancianos improductivos o a jóvenes y niños discapaces La fraternidad humana universal tiene sentido si se basa en una filiación compartida. La dignidad humana solo puede aspirar a un valor absoluto si el hombre es imagen o reflejo del Absoluto, hijo de Dios.

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