Opinión

Eliminar el dolor, no la vida

Por
  • ÁNGEL PINTADO BARBANOJ
OPINIÓNACTUALIZADA 11/11/2020 A LAS 01:00

Los parlamentos deben legislar para el bien común e interés general. No es el caso de la ley que pretende legalizar la eutanasia: es un contrasentido legislativo y jurídico. Al establecer que unas personas tienen menor dignidad que otras, socava los fundamentos de la convivencia de nuestra sociedad. El derecho a la vida y la dignidad de toda persona son las dos caras de la misma moneda. Esa dignidad, junto con los derechos inviolables que inherentes a toda persona, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás, son fundamento del orden político y de la paz social que garantiza nuestra Constitución.

El pretendido derecho a una muerte digna no deja de ser un eufemismo. Esconde el desprecio por los que sufren una enfermedad grave, en algunos casos incurable, y que con razones de una presunta acción humanitaria acabarán eliminados. Ese modo de proceder sugiere una reflexión de mayor alcance: en las situaciones de sufrimiento, no se trata de eliminar a la persona, sino eliminar su dolor. En mi opinión, esta afirmación del doctor Luis Miguel Pastor recoge la aspiración de todo enfermo que se siente querido, apreciado y apoyado en ese momento tan duro y difícil de la vida, que es enfrentarse a la muerte.

La dignidad de la persona no viene dada por el Estado, como tampoco los derechos inalienables son fruto de declaraciones universales, ni del consenso de la sociedad. Es algo previo. La dignidad de cada persona es algo inherente a ella misma, por el mero hecho de existir. Toda la legislación emanada durante los últimos siglos ha ido en la dirección de apuntalar este principio básico y fundamental. Tiene consecuencias que superan tanto la voluntad legitima de un parlamento, como de un gobierno, o de quien tenga la autoridad moral y política para tomar decisiones que nos afectan al común de los ciudadanos.

Atender de un modo adecuado a quienes sufren no es un imposible. La ciencia médica, con las Unidades de Dolor y los Cuidados Paliativos, cuenta con recursos para hacer más llevadera estas situaciones. Siquiera el dolor, la pérdida de facultades, o la enfermedad grave, crónica e invalidante, reduce esa dignidad. Los profesionales de la medicina contribuyen, en gran medida, a poner en práctica no solo los medios técnicos y las terapias; con su cercanía, afecto y toma de conciencia de la situación del enfermo también contribuyen a tratarles a la altura de su dignidad.

La verdadera acción de los poderes públicos debe atender a la protección de la persona que sufre. En los casos de enfermos incurables, con dolores no soportables, nuestro deber como sociedad es ayudar, tanto al enfermo como a su familia, a sobrellevar la situación, y reducir el dolor a límites tolerables. Nadie quiere ser eliminado; lo que quiere quien sufre es ser ayudado, valorado y querido. Debemos aprender de las experiencias en países como Holanda, abanderado de estas prácticas y legalización de la eutanasia. Con los años, después de haber legalizado estas prácticas, se aprecian los graves riesgos que tiene para cientos de personas. Ancianos y enfermos se ven sometidos a una presión cultural que les hace creer que no son dignos de seguir viviendo, y que son una carga para la Sociedad.

Toda persona ha sido creada para la felicidad. Nos gustaría eliminar todo lo que suponga sufrimiento, toda enfermedad, todo lo que cuesta… pero somos limitados. Ante la realidad del dolor, suprimir la vida no es la solución; poner los medios para rebajar o suprimir el sufrimiento de los enfermos es el camino.

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