Opinión

La paz del librero

Por
  • JAVIER GARCÍA ANTÓN
OPINIÓNACTUALIZADA 14/11/2020 A LAS 01:00
La paz del librero
La paz del librero
E.PRESS

Mi madre, que es una enciclopedia de la vida, siempre ha expresado con tono de admiración que mi hijo desprende paz. Esa conexión de generaciones me emociona y me obliga a la reflexión. ¿Por qué, qué es lo que ve la abuela en su nieto? ¿Concretamente en este? La serenidad, ese componente del carácter que permite atribuir a cada acción la reacción correspondiente, siempre sin estridencias, con la virtud de la templanza y hasta del optimismo.

Prestar la atención debida a nuestros mayores nos enseña los arcanos de la vida. Nos da las pautas para conducirnos... y observar. En el Día de las Librerías (con tres nuevos "fichajazos" para la biblioteca familiar), abstraje la percepción materna y adquirí la consciencia de que los libreros que conozco rezuman paz. Ludi y Jesús, Chema, Víctor, Pepa y Loreto, Fernando y Arancha, José Luis... Cortados por un patrón similar. Al entrar en sus templos, donde miles de volúmenes nos llaman para caminar juntos por la existencia, nos acompañan como hizo el señor Sempere para abrir el universo del cementerio de los libros olvidados con su hijo Daniel. Alguno de ellos, en este infinito en el junco de cada librero, puede ser el que nos acompañe eternamente. Y ahí está el oficiante, como una liturgia, aconsejándonos a través de las veredas de sus conocimientos, en un castin en el que nos dan la oportunidad de convertirnos en los protagonistas de las pasiones amorosas, de las comedias que tanto necesitamos, del absurdo que relativiza y de los viajes históricos y geográficos.

Heroínas y héroes generosos, discretos, dispuestos a desprenderse de sus tesoros para enriquecernos. Guardianes de la dignidad.

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