Opinión

La ingenuidad frente a los pirómanos

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 28/11/2020 A LAS 01:00

En 1958 el escritor suizo Max Frisch estrenó una obra de teatro llamada "El señor Biedermann y los incendiarios", un texto medio olvidado en el que se describe cómo un ciudadano ordinario, de lo más políticamente correcto, no tiene valor para negarse a alquilar el ático de su casa a dos desconocidos, a pesar de que le están diciendo que son unos pirómanos y que vienen con unos bidones de gasolina. Mientras arden las casas en el pueblo, Biedermann, que significa en alemán "hombre honesto", intenta ignorar los signos evidentes del peligro y tranquilizar a la vez su conciencia creyendo que escapará de los crímenes de sus inquilinos si se convierte en su amigo. Y para demostrarles cuánto confía en ellos, les regala una caja de cerillas. No hace falta que les desvele el final, porque cualquiera se lo puede imaginar: el señor Biedermann se quedó también sin casa. La obra fue escrita para explicar cómo la sociedad alemana había dejado entrar tranquilamente al monstruo del nazismo y yo supe de ella más recientemente en el libro que escribieron unos daneses aplicando esta actitud ingenua de los europeos hacia los terroristas islámicos, que acababan de desencadenar aquella siniestra campaña contra las caricaturas de Mahoma cuya violencia aún está resonando en Francia. En estos días me ha vuelto a la memoria la obra de teatro porque vi enseguida a Bildu, ERC y, por supuesto, a Podemos, en el papel de los incendiarios. El de Biedermann se supone que le va al pelo Pedro Sánchez, con la diferencia de que, aunque todos hemos visto cómo entrega cajas y cajas de cerillas a sus "inquilinos", carece de la candidez y la ingenuidad que Frisch atribuye al protagonista de este cuento. La realidad en este caso es que Sánchez es capaz de ser él mismo quien rocía de gasolina su propia casa, tal es su voluntad de ser amigo de los pirómanos, cuyas intenciones conoce perfectamente porque no dejan de proclamarlas.

Inés Arrimadas no cuadra para el papel protagonista, porque, aunque ha dado la impresión de que quería hacerse amiga de Sánchez, en el último momento ha decidido que no le puede dejar las llaves de su casa. Seguramente ya tenía redactada hasta la última de sus frases a la hora de anunciarlo, puesto que no ha habido el menor indicio de que el presidente del Gobierno fuera a hacer siquiera un gesto insignificante para ayudarle a que apoyase los presupuestos y ella no podía subirse al mismo barco en el que van los independentistas catalanes y los herederos ideológicos de los terroristas vascos. Barco o casa, es lo mismo: los acompañantes de Sánchez han advertido sin ningún rubor que su objetivo es verlo arder todo y ya tienen las cerillas y la gasolina. Arrimadas ha hecho bien en apartarse.

Se escucha por ahí que los miembros del Gobierno de la órbita socialista están cada vez más incómodos con los de Podemos y que andan preocupados buscando extintores que puedan tener a mano. Yo creo que igual que tantos españoles de buena fe hemos visto lo que sucede y en la medida de nuestras posibilidades lo vamos denunciando, ellos deberían ser conscientes del peligro con más razón porque están más cerca de los pirómanos y la gasolina. Por ejemplo, no puedo entender cómo la ministra de Defensa, Margarita Robles, no ha reaccionado ante la humillación a la que le ha sometido su jefe al entregar al nacionalismo vasco los cuarteles de Loyola en San Sebastián. Tampoco me explico que la de Economía, Nadia Calviño, haya aceptado este mercadeo infame con los independentistas y los demagogos de Podemos para diseñar unos presupuestos que no tienen ni pie ni cabeza y que nos llevan en dirección contraria a la que ella sabe que deberíamos ir, por no hablar de las afrentas a las que personalmente le somete el marido de la ministra Irene Montero día sí, día también.

Parece que la explicación es que Sánchez y su mercenario privado Iván redondo les han convencido de que una vez aprobados los presupuestos todo será vino y miel en el gabinete, porque con esta herramienta para sobrevivir el resto de la legislatura (habiendo prorrogado tres veces los presupuestos de Montoro, se puede hacer lo mismo las que sea necesario con los suyos) ya no necesitará el apoyo de los independentistas. Es mentira. Habría que ser muy estúpido para pensar que uno puede engañar así a Arnaldo Otegui, o a Pablo Iglesias, quiero decir, al marido de la ministra de Igualdad, que sueñan desde hace tiempo con prender esa pira en la que ardería el régimen del 78. Si queda alguien con sentido común en el Gobierno, es el momento de decirlo y sacar las conclusiones que se imponen porque a partir de ahora ya no habrá extintores que valgan. Le diría lo mismo a Pedro Sánchez, pero creo que él ya ha decidido que también le gustará ver cómo arde todo, como un Nerón contemporáneo. Aunque me temo que al final él también va en el paquete de la pira que están construyendo sus aliados. Con lira y todo.

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