Opinión

A María Pilar Sanvicente, estandarte de la danza

Por
  • ELENA LUCAS GRASA (BAILARINA SOLISTA DEL TEATRO DE MECKLENBURGO-ALEMANIA)
OPINIÓNACTUALIZADA 01/12/2020 A LAS 01:00

Tenía poco más de tres años cuando atravesé por primera vez el umbral de la puerta del estudio de danza Riglos, así es como se llamaba la escuela que Maria Pilar Sanvicente regentaba en la avenida Pirineos, la primera que hubo en Huesca. Su imagen impecable, con un maillot azul de manga corta -que ahora tengo yo y todavía sigo usando-, una falda vaporosa y unas zapatillas rosas con taconcito, me invitó a pasar a la sala de ballet y supe que ése iba a ser mi sitio.

Ella me enseñó, como a otros tantos cientos de alumnos, el primer plié, a sentir la música y a amar la danza. El cariño que desprendía con todos nosotros hizo de su manera de enseñar algo que se aleja de la típica imagen de maestra de ballet, vara en mano, distante y altiva. Ella vivía la danza de forma auténtica y genuina, y ésa es la enseñanza que ha permanecido conmigo toda mi vida. Sentó las bases de lo que soy como bailarina, comencé a conocer el repertorio a través de su ingente videoteca que nunca dudaba en compartir con nosotros-; así como la Historia de la Danza, todavía recuerdo cómo, emocionada, me contaba cómo había visto actuar a Nureyev en el Liceo de Barcelona; y tantos otros miles de anécdotas que siempre recordaré. También aprendí el lado duro del ballet, mis primeras ampollas en los pies y las decepciones cuando no me tocaba bailar lo que quería para el festival de fin de curso. Ése era el día más importante del año: camerinos, nervios, sus hermanas ayudando sin descanso, cosiendo zapatillas de punta, haciendo moños o poniendo orden; al final de cada uno, María Pilar salía a saludar, majestuosamente, como ella diría, y después venían los abrazos y la recompensa del trabajo bien hecho.

En esas cuatro paredes, en los vestuarios y en las largas jornadas de ensayos fraguamos grandes amistades, y alguna rivalidad, aprendimos a vivir a través de la danza y ella siempre allí, con su perfume y su foulard, incansable al frente de la escuela desde que comenzaba el día hasta que acababa. ¡Cuántas horas de dedicación y noches en vela pensando en las coreografías y el vestuario que sus alumnos lucirían en el escenario! ¡Cuántas conversaciones mientras bajabas la persiana de metal! Quiero darte las gracias en mi nombre y en el de todas las generaciones que han pasado por tu academia, por transmitirnos tu pasión por el baile, que en algunos casos, como en el mío, se han convertido en nuestra profesión. A mi hermana, también alumna tuya, en una ocasión le dijiste: "Elena es la Danza". Ahora te lo digo yo a ti. Gracias, maestra.

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