Opinión

El lamentable final de una etapa maravillosa

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 04/12/2020 A LAS 01:00

Si se considera la votación de los presupuestos generales el momento más importante de la gestión política de un gobierno, los que ayer se aprobaron en el congreso señalan para España el final de una época y abren puertas que hasta ahora habíamos preferido mantener cerradas. La España de la transición, la de la Constitución de 1978 que nos ha dado el periodo más brillante, próspero y libre de nuestra historia, ha terminado. No es bueno seguir pretendiendo que no pasa nada y que esto ha sido una votación cualquiera que ha sancionado unas banales cuentas públicas. El PSOE, que fue uno de los elementos esenciales de ese tiempo que pronto nos parecerá un sueño de felicidad comparado con lo que viene, ha dado consciente y voluntariamente el paso de romper con esa época y ha decidido emprender un camino fuera de los contornos del consenso constitucional. No caben dudas sobre ello, porque la coalición que hay detrás de estas cuentas incluye la mayor alianza de todos aquellos que a lo largo de estos años han trabajado activamente para destruir la Constitución, incluso a tiros, y que además no niegan que eso es lo que quieren hacer. No es que se hayan movido los de Bildu o los de Esquerra Republicana; lo que ha cambiado es la posición del PSOE que de defender el régimen Constitucional ha pasado sin explicaciones a vincular su destino de la manera más entusiasta al de aquellos que no tienen más objetivo que destruir la mejor obra de la política en toda la historia de España y a España misma. No lo ha hecho porque no tuviera otras opciones, sino que ha sido una decisión consciente y, como se dice ahora, proactiva. El propio PSOE anunció ayer el resultado de la primera votación en redes sociales, llamando "patriotas" a los que le apoyan y enviando "al rincón" –castigados- a todos los demás, lo que es una descripción bastante siniestra de cómo nos ven a los que no comulgamos con esta mayoría.

Vamos a pasar por alto el hecho de que este gobierno esté presidido por un mentiroso con complejo de Eróstrato, podríamos ignorar que se ha aceptado como si fuera normal que sus miembros se impugnen y se desmientan unos a otros, incluso no tener en cuenta que el nepotismo se haya vuelto algo corriente, que haya ministros que le han regalado a su cónyuge otro ministerio, como antes se regalaba un estanco, o que Sánchez le haya dado una dirección general por la cara a su amigo del alma. Se podría hasta discutir que la gestión de la pandemia ha sido un desastre, que es el gobierno más reacio a la transparencia que hemos conocido, que ni siquiera acepta revelar la composición del comité fantasma de expertos porque no quiere reconocer que no lo hubo jamás. Podríamos ignorar incluso la calidad mediocre de los presupuestos, puesto que todo ello no hace de Sánchez más que un émulo de Zapatero, apenas un poco más descarado en su visión maniquea y sectaria del país. Pero si hasta ese punto la estulticia era perjudicial, ahora es altamente venenosa porque a la fórmula se ha añadido el componente más dañino que es el de la demagogia populista que abandera Podemos y que está llevando a Sánchez (y este se deja llevar) hacia terrenos en los que siempre hemos sabido que no hay nada más que indignidad destructiva. Gracias a ello, cuando vemos a Bildu pedir un referéndum en Navarra para añadir a la Comunidad Foral a la nueva patria vasca, al PNV exigir que se limite el castellano en la administración central (después de establecer que puede ser abolido en las comunidades bilingües) o a los independentistas que se excarcele a cualquier precio a los golpistas catalanes, por no mencionar más que los aspectos más estridentes de la actualidad, es inevitable recordar el caos en el que se sumió el país en la Primera República, aquel descabellado experimento federal durante el que hubo ayuntamientos que llegaron a declararse la guerra entre sí. Los de ese "PNV de Teruel" que querían hacer chantaje con un escaño y que han vendido el nombre de la provincia para un proyecto indecente, ahí lo tienen.

La única esperanza que nos queda es que el poder judicial se resiste a ser aplastado por esta marea rupturista, a pesar de las andanadas de artillería que le lanzan desde La Moncloa. Pablo Casado está siendo sometido a una presión colosal para que ceda y acepte que Podemos entre en la administración de los jueces. Y se opone porque sabe perfectamente qué intenciones tienen. Le van a decir de todo y tiene que saber que no aceptar las condiciones que le impone el Gobierno es tan constitucional como lo contrario. Los redactores de la Constitución establecieron que si el Parlamento tiene que intervenir en la administración del poder judicial es necesario el consenso más amplio posible y si Sánchez no puede lograrlo con sus nuevos amigos, tendrá que negociar y aceptar las condiciones del PP. Alguien que le ha dado a Bildu más de lo que le pedía por votos que no necesitaba, no debería tener problemas para comprender como funciona esto. Me temo que no va a ser así y que una vez que han mandado "a las derechas" al rincón, como si ser conservador o liberal fuera un estigma, esta coalición destructiva va a asaltar los tribunales. Y si lo logra, entonces la deriva será ya inevitable.

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