Opinión

Antropoceno y memoria de la tierra

Por
  • JOSÉ LUIS SIMÓN (CATEDRÁTICO DEL DEPARTAMENTO DE CIENCIAS DE LA TIERRA - UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA)
OPINIÓNACTUALIZADA 09/12/2020 A LAS 01:00

Hace 270 millones de años hubo ríos torrenciales que arrastraban y depositaban ingentes cantidades de gravas, sorteando gruesas coladas volcánicas que hoy aparecen expuestas en sus laderas. Colosales empujes entre las placas Africana y Euroasiática plegaron y levantaron hace 40 millones de años las capas del terreno. Un glaciar excavó esas rocas y modeló un profundo valle en el centro de las montañas pirenaicas varios miles de siglos atrás; el deshielo, hace 12.000 años, dejó un gran ibón alargado que más tarde se colmató de sedimentos. Por su superficie comenzó a discurrir, remolón, sinuoso, el Alto Aragón-Subordán. Es el valle de Aguas Tuertas.

La geología no solo nos proporciona recursos materiales, como metales, petróleo o materiales de construcción. Tampoco es simplemente el sustento físico de los paisajes que dan personalidad a nuestro territorio. El patrimonio geológico es la Memoria de la Tierra. La toma de conciencia de esta realidad tiene su origen en la llamada "declaración de Digne", promovida en 1991 por la Reserva Geológica de la Alta Provenza, y se ha desarrollado ampliamente con la creación de la Red Europea de Geoparques, a la que Aragón ha contribuido de forma decisiva. El último gran exponente de ese movimiento social-científico en nuestra comunidad ha sido la creación del Inventario de Lugares de Interés Geológico (LIGs) de Aragón.

Aguas Tuertas es uno de esos LIGs. Cada roca en el valle, cada muesca en sus laderas, representa miles o millones de años de construcción y transformación del relieve. Cada meandro del riachuelo, cada pequeño escarpe en su orilla, dibuja una historia sutil de agua que fluye, de hielos y deshielos, de cambios seculares del clima, a pesar de los cuales el paisaje ha buscado mantener en todo momento su sereno equilibrio.

Hay LIGs robustos, hechos de roca sólida, a veces de difícil acceso y ajenos a los impactos del ser humano; otros son frágiles y vulnerables. Los primeros se protegen solos; los segundos hay que cuidarlos. A esta segunda categoría pertenecen Aguas Tuertas, los Aguarales de Valpalmas o los ríos de piedras de Orihuela del Tremedal. Poner del revés un par de bloques de uno de estos ríos de piedras, sustituyendo el color verdoso de su capa ancestral de líquenes por el blanco de la cuarcita virgen, es dejar una señal caprichosa e inútil en un óleo que la naturaleza, con calmada paciencia, ha venido pintado desde las épocas glaciales del Pleistoceno. Tener la ocurrencia de adentrarse con una moto por el llano de Aguas Tuertas, dejar esas rodadas que cortan sin piedad los lábiles meandros, no solo es una forma estéril de gastar adrenalina, sino una declaración formal de insensibilidad hacia la Memoria de la Tierra. Es una triste metáfora de lo que se ha dado en llamar Antropoceno: la época geológica en la que el ser humano se ha convertido en el mayor agente modificador y destructor de nuestro planeta.

Aragón alberga muchos lugares prístinos que guardan un registro insustituible de la historia y la dinámica de la Tierra. Deberíamos cuidarlos como se custodia y cuida un pergamino medieval. Somos una región pionera en Europa en la valoración y difusión del patrimonio geológico. Profundizar en esa línea es un signo de cultura científica; de cultura, sin más.

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