Opinión

La ley del embudo

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 13/12/2020 A LAS 01:00

Pues ahora resulta que en Podemos han elegido como responsable madrileño a un atracador de bancos convicto. Los mismos que han mandado al exilio y quieren meter en la cárcel al rey emérito, sobre el que no pesa ninguna acusación formal, no tienen ningún escrúpulo en ensalzar a un auténtico bandolero. No me extraña en absoluto porque forma parte del pensamiento lógico de ese movimiento o esa movida –por no jugar con connotaciones franquistas- y que consiste precisamente que no existe ninguna lógica: si el líder saca pecho diciendo que forma parte de su propia esencia vivir en un piso pequeño de un barrio modesto se aplaude; si el mismo líder se compra un chalet con piscina en las afueras, se aplaude también. Contra estas razones no hay argumento posible y si cuando ese tal Luis Nieto andaba asaltando bancos, en 1982, don Juan Carlos estaba trabajando para consolidar la débil democracia española, esto no importa un pimiento a los efectos que interesan actualmente y que pasan por el objetivo declarado de destruir todo esa obra que nos ha dado los mejores años de nuestra historia.

Ana Botella cargará siempre con el estigma casi ofensivo de ser la esposa de José María Aznar, aunque para ser alcaldesa de Madrid se tuvo que presentar a las elecciones y decir que acabó realmente la carrera de Derecho y se sacó las muy exigentes oposiciones de técnico comercial del Estado. La actual ministra de Igualdad, sin embargo, fue una pésima estudiante que no terminó ninguna carrera, presume de haber renunciado "por razones ideológicas" a una beca para ir a formarse a Estados Unidos (¡quién sería el genio que se la concedió!), como gran mérito pone en su biografía que trabajó unos meses como dependienta par una tienda de electrónica y a ella sí que la ha puesto allí su marido, porque le ha dado la gana. ¿Quién puede contestar a estos argumentos Nadie, por supuesto. Eso es lo que se conoce como la ley del embudo, cuyo primer artículo dice que el líder siempre tiene razón y el artículo dos especifica que cuando no la tenga, se aplicará el artículo uno. Muchos a los que no les produce escándalo quieren ahora acusa r a don Juan Carlos de haberse beneficiado de su cargo cuando lo ostentaba, como si nombrar ministra a tu mujer cuando eres vicepresidente del Gobierno fuera un gesto de lo más altruista.

Entre muchísimos aciertos, el Rey se ha equivocado también muchas veces y los periodistas le hemos hecho un flaco favor a lo largo de estos años con ese silencio cómplice que pretendía ser respetuoso, pero que a la larga ha sido contraproducente, porque solo ha servido para agrandar después episodios que de otro modo tal vez no habrían sucedido. Ahora, mientras en el Gobierno maquinan para encontrar un hueco legal (o para crearlo) a través del que poner en libertad a los racistas condenados que violaron la ley para proclamar su independencia y expulsar de Cataluña a los no nacionalistas, dicen que puesto que don Juan Carlos ya no goza de inviolabilidad es el momento de pasar cuentas. Bien, todos somos iguales ante la ley, lo que significa que si ya es un ciudadano normal se merece entonces que al menos se le trate como a un ciudadano normal, es decir, con el derecho a la presunción de inocencia que asiste a cualquiera, porque hasta Jordi Pujol -otro que tal baila- se va a comer el turrón tranquilo en su casa con sus nietos sin que nadie le venga a amargar la fiesta.

En el caso del rey emérito no, porque lo que están buscando desde el Gobierno o desde sectores del Gobierno a los que su presidente no quiere contener, no es tanto acosar a un viejo jubilado que quisiera venir a su casa en Navidades, sino aplastar la institución y cumplir sus sueños húmedos de romper todo el consenso democrático que representa. Y lo dice un tal Pablo Echenique que tiene condenas firmes por irregularidades fiscales o Juan Carlos (tocayo) Monedero, que tuvo que hacer una declaración complementaria para que Hacienda hiciera la vista gorda sobre el dinero (¿limpio ¿sucio ¿todo ¿solo lo que se ha detectado ) que le regalaban desde la dictadura chavista. Otra vez la ley del embudo: lo que se hace en nombre de un fin progresista se justifica siempre. Cómo estará la cosa que ni el Rey, Felipe VI, se atreve a sugerirle a su padre que puede volver a su país por Navidad. Triste. En fin, lo único que puedo hacer si es que de alguna improbable manera don Juan Carlos leyera este humilde articulejo, decirle que está invitado a mi casa, cuando quiera. Faltaría más.

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