Opinión

Los fantasmas de Cuento de Navidad

Por
  • MIGUEL ÁNGEL LISO TEJADA (DIRECTOR EDITORIAL DEL GRUPO HENNEO)
OPINIÓNACTUALIZADA 22/12/2020 A LAS 01:00

Ante una Navidad tan extraña como la de este año 2020, por culpa de la pandemia que nos obliga a vivirla de forma muy distinta, no tendría que faltar, a pesar de todo, un cierto propósito esperanzador, para encarar un 2021 que nos haga pensar en tiempos mejores. Hay que tumbar esta pesadilla tan funesta. Y las vacunas, junto con un obligado cambio de comportamientos, pueden ser un buen regalo de Reyes.

Debe haber un antes y un después. Por eso es oportuno en estas fechas de Pascua recordar una de las grandes obras de Charles Dickens, Cuento de Navidad. Un libro que ubicó en aquel Londres del siglo XIX, aplastado por la niebla, la humedad y la suciedad de sus calles, y con no pocos escenarios de miseria. Su argumento arranca de la codicia de un ser insolidario, egoísta, retraído, arisco… que tras la pesadilla de un sueño en su siniestra guarida se despierta convertido en alguien diferente, en un ser generoso y amable.

Scrooge, su protagonista, es el retrato de un tipo de esa urbe donde los negocios de los explotadores se entremezclaban con la pobreza extrema de la gente humilde, que, sin embargo, con la llegada de la Navidad se mostraba aún más afable y agradecida, sin necesidad del tránsito de una pesadilla. Frente a la miseria y el egoísmo de ese personaje, la otra cara muestra a personas corrientes y sencillas, a las que sus precarias circunstancias no les impiden mantener un brillo de ilusión y de esperanza.

Es verdad que no estamos en el Londres de 1843. Ni los recortes de la crisis ni los hábitos adquiridos por causa de la pandemia pueden llevarnos a comparaciones que resultarían exageradas y fuera de lugar. Pero de alguna manera, el espíritu nefasto de Scrooge, antes de despertarse de la pesadilla, nos ha venido a ver 178 años después en forma de virus y ha deteriorado valores sociales que han hecho más penosa y amarga la vivencia de la pandemia. Esta extraña Navidad podría convertirse en el punto de inflexión para encarar una nueva etapa, sobre todo en quienes tienen sobre sus hombros responsabilidades políticas y sociales.

Hasta ahora se han echado de menos comportamientos que hubieran venido muy bien en una situación tan dolorosa. Estas carencias vendrían a representar los particulares fantasmas de Cuento de Navidad. Resulta muy difícil de entender, y mira que se ha pedido ya hasta la saciedad, que una pandemia con miles y miles de muertos y millones de contagiados detrás, no sea suficiente para establecer un bloque fuerte de unidad, una alianza política y social consolidada, un mensaje inequívoco y una acción eficaz, que hubieran ayudado a afrontar con más garantías un problema de semejante magnitud. Ante esta anemia de altruismo y de desfachatez política, haría falta despertarse de la pesadilla y ofrecer entonces generosidad, confianza, conocimiento, honradez y lealtad institucional.

Hay todavía muchos Scrooges sueltos. Por eso pronto cumpliremos un año de lamentables y crispados desencuentros políticos. La ausencia de moral, la prepotencia dogmática y el alarde de arrogancia adquieren dimensiones mayúsculas cuando ese espíritu dañino lo practican quienes debieran enarbolar la bandera del bien común. Sobran razones para reprochar a la clase política y a otros agentes sociales en general, con honrosas excepciones, una actitud intransigente y egoísta en momentos tan sobrecogedores. Ha primado el ego y el interés partidista. Esta orfandad de desprendimiento ha puesto aún más en valor la actitud ejemplar de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que, a pesar de todo y al igual que la gente humilde de "Cuento de Navidad", ha demostrado más sensatez, responsabilidad y abnegación que los Scrooges de turno.

Ya está asumido que esta Navidad va a ser distinta, que no se puede pensar en salvarla porque lo importante es salvar vidas. Pues qué mejor que aprovecharla y convertirla en algo positivo, en una reflexión que haga olvidar los desencuentros y fallos cometidos, para acelerar el fin de la pesadilla y el comienzo de un futuro alentador, con vacunas incluidas, que venzan la angustia y las secuelas físicas, sicológicas, políticas, sociales y económicas de la pandemia.

En plenas fechas navideñas, no le caben a estas consideraciones otra moraleja que el intento de destierro del pesimismo. Pero hace falta, sobre todo, que quienes tienen que darse por enterados lean o relean Cuento de Navidad.

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