Opinión

Ley que mata la esperanza

Por
  • DOMINGO MARTÍNEZ MADRID
OPINIÓNACTUALIZADA 18/01/2021 A LAS 01:00

Con la Ley de la eutanasia se mata la esperanza de muchas personas y se les empuja al abismo, engañadas y quizá acomplejadas por ser un peso para la familia y para la sociedad. Hecha la ley, hecha la trampa porque la experiencia de los países donde se ha impuesto se convierte en un tobogán por el que son empujados los ancianos, enfermos incurables, y los niños con alguna deformidad. Así la sociedad no gasta y puede vivir en el consumo y además sólo pasean por las calles gente guapa con algún niño precioso y algún perro. Todo idílico aunque la conciencia de algunos familiares y otros médicos guarde la mentira de su vida bajo siete sellos.

No hay razón alguna para imponer la eutanasia pues la sociedad tiene aún raíces y costumbres cristianas, muchas más de las que supone el anticristianismo inoculado por algunos políticos, educadores, pensadores, artistas, y escritores. La eutanasia, palabra mentirosa y maldita donde las haya, no es la solución para nadie y envilece a la sociedad que se deshumaniza con ella, engañándose con un barniz de solidaridad y de identificación ecologista con la naturaleza endiosada.

El remedio lo sabemos todos y consiste en favorecer los cuidados paliativos aunque sean más caros que el veneno introducido con una cánula o una jeringuilla. La medicina actual tiene buenos recursos y técnicas para tratar con humanidad a los enfermos al final de su vida. Junto con el personal sanitario están los familiares con humanidad y la atención espiritual, que viene a ser lo más importante para recuperar el sentido de la vida, del sufrimiento, y de la Cruz para los que creen en Jesucristo, que son una mayoría de españoles. Por todo ello es preciso avanzar mucho más en los cuidados paliativos superando una ley mortífera y la deshumanización que quieren imponer algunos políticos.

Pienso que es preciso reconocer con pena que esta ley de la eutanasia, que acaban de aprobar, no responde a ninguna demanda social sino al rodillo del poder, a inconfesables proyectos inhumanos, y por ello ningún razonamiento les hará cambiar el rumbo destructivo de la vida. Luego, Dios dirá.

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