Opinión

Putin entra en campaña (catalana)

Por
  • FERNANDO JÁUREGUI
OPINIÓNACTUALIZADA 07/02/2021 A LAS 01:00

Dice un amigo, diplomático importante en Europa, que, para adquirir una cierta influencia internacional, hacen falta tres cosas: ganas, dinero y paz interior para tener tiempo y mente despejada para actuar en el exterior. De estos tres ingredientes, en España solo tenemos de lo primero. Y así, claro, el peso de nuestro país en el tablero internacional se reduce tanto que hasta Putin, de la manera más grosera, se inmiscuye en nuestra campiña y en nuestra campaña. La catalana, cómo no, a la que solamente esto le faltaba.

Nadie duda de que Serguéi Lavrov, el veteranísimo ministro ruso de Exteriores, jamás dice una palabra espontánea, fuera del guión y no sugerida desde el mismo Kremlin. Así que, cuando comparó ante Josep Borrell el caso del fugado Puigdemont y los "presos políticos" catalanes con el escalofriante "asunto Navalny", una de las violaciones de los derechos humanos más claros desde la era de Stalin, ni el catalán que ocupa el puesto de Alto representante de la UE para Asuntos Exteriores ni el propio Ministerio que regenta Arancha González Laya tuvieron la menor duda: la ofensa venía de la propia Presidencia de Rusia. Ni era la primera vez que la larga mano de Vladimir Putin se inmiscuía, de manera más o menos patente, en los asuntos de Cataluña, ni será la última.

Un episodio más, en fin, en la larga lista de irregularidades y desvaríos que jalonan la campaña electoral para unos comicios, los catalanes, que jamás deberían haberse celebrado ni en estas fechas ni en estas condiciones. Veremos en qué para todo esto.

De hecho, cuando escribo, ni siquiera hay seguridad total-total de que las elecciones acaben por fin celebrándose, o en qué condiciones quedarán las mesas en los colegios electorales, mesas de las que nadie quiere hacerse cargo... excepto algunos militantes independentistas, claro.

Es el de Cataluña, en fin, un exponente más de esa "inquietud interior" a la que se refería mi amigo el diplomático para justificar uno de los factores de la pérdida de peso específico de España en el panorama internacional. De ahí que Biden ni se haya dirigido aún al presidente Sánchez, que en la UE ya no contemos entre los del "vagón locomotora" o que en Marruecos nos hayan perdido el más mínimo respeto y aquella RAN (reunión de alto nivel) hispano-marroquí, aplazada en principio hasta febrero, siga sin fecha concreta de convocatoria. O que, en pleno Brexit y en plenas conversaciones sobre Gibraltar, nuestro país haya carecido de un embajador efectivo en Londres, por jubilación del actual (y uno, por cierto, tiembla ante los rumores de nombres posibles para sucederle).

Pues eso: que, ocupados como estamos en nuestras trifulcas interiores, que si Bárcenas, que si el informe oculto del Consejo de Estado, que si la niñera de Galapagar, que si, ay, cuándo nos llegará la vacunación, vamos perdiendo pie en la batalla diplomática, algo de lo que, por supuesto, no culpo a la ministra del ramo, absorta en devolver a Lavrov el golpe dado a nuestra autoestima como democracia; no, no es Moscú quien puede presumir de esa democracia, precisamente. Pero el caso, ya ve usted, es que el neo-zar de todas las Rusias, que en tantos procesos electorales de todo el mundo se ha colado por las rendijas, ha entrado en nuestra campaña. Y Puigdemont, quizá sin proponérselo, ya veremos, le echa una mano. País.

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