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OPINIÓNACTUALIZADA 23/02/2021 A LAS 01:00

Ya comienzan los hortelanos oscenses a preparar sus aperos de cara a una nueva singladura de sus huertos, en algunos casos con relativo atraso por aquello de lo que hemos venido en llamar el "bicho", que nos tiene confinados sí o sí en nuestros castillos de la convivencia mascarillera, o barbijera como dicen nuestros amigos de la Pampa argentina. Toda una lata aunque ciertamente suponga el filtro que nos libere de las entrada del tontolaba bicho, que nadie sabe de dónde salió y de dónde vino, aunque lo cierto es que a decir verdad, nos está haciendo bien más que la puñeta.

La esperanza del pinchazo en el brazo -léase vacuna- que nos viene a alegrar la posibilidad de continuar con nuestras andanzas por este mundo un tanto extraño, enroscados algunos en lo que llaman -de mala manera- libertad de expresión, y tan mal entendida por algunos.

Allá diviso un letrero que dice: Casa Barbereta, regentada como todos sabemos por José, un hortelano de toda la vida con los conocimientos precisos para laborar sabiamente en la manos con callos del buen conocimiento, en unión de todo su componente familiar, vivo ejemplo de la continuidad de una saga amable, que nos alcanzan esos productos que la mayoría de los hortelanos precisamos, como asueto o distracción, que no para hacernos ricos.

Como decía aquel: para matar el gusanillo y de paso obtener manjares frutos que dejen latente una afición que no debería perderse nunca.

¿Qué sería de la humanidad sin la existencia de los profesionales hortelanos como José Un año más, y ahí estamos dispuestos a poner en marcha la jada y el motocultor, en su caso. Por cierto, como la jada no lleva motor, nadie se la lleva.

Si os encontráis en el ínterin al bicho, mandarlo a hacer puñetas.

LUIS GARCÍA NÚÑEZ

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