Opinión

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Moncloa y el abismo catalán

Por
  • Francisco Muro de Iscar
OPINIÓNACTUALIZADA 05/04/2021 A LAS 00:05
Salvador Illa
Salvador Illa
Agencia EFE

Hace pocas semanas, en Moncloa se frotaban las manos. Hicieron que el ministro de Sanidad dejara sus responsabilidades, en uno de los peores momentos de la pandemia, y se fuera a Cataluña para "ganar" las elecciones y formar un Gobierno con ERC y Podemos. Con ello, ERC no tendría más remedio que apoyarles en Madrid y no ser excesivamente exigente en la reivindicación independentista. El indulto a los políticos presos sería la llave para cambiar la situación. Con el apoyo del PNV -transferencias de prisiones y otras prebendas- y de Bildu -acercamiento masivo de etarras al País Vasco- se garantizaban otros socios seguros. Al mismo tiempo, iniciaban la "operación Arrimadas", para descabalgar al PP en comunidades y ayuntamientos, empezando por Murcia, dejar el lastre de Iglesias y sustituirlo por Ciudadanos, más manejable, al tiempo que hacían un "viaje al centro" de cara a las próximas elecciones. Otra jugada maestra de Iván Redondo. Las cosas no salieron como pensaban, ni siquiera con el apoyo del CIS de Tezanos. No ganó Illa en Cataluña, sino que lo hizo ERC que buscó sus socios en el más radical independentismo y, al no necesitar al PSC, puede romper el acuerdo en Madrid cuando le dé la gana. El aliado se convierte en rival incómodo. Además, el PP se movió y frustró las mociones de censura en Murcia, Castilla y León y Andalucía y Díaz Ayuso se les adelantó y convocó unas elecciones que, previsiblemente, ganará con claridad. Además, Iglesias se fue del Gobierno con nocturnidad y alevosía y ahora Sánchez le tendrá incordiando desde fuera con mucha mayor acidez que cuando era vicepresidente. A eso se ha sumado el caso Plus Ultra, por el que Europa acabará pidiendo responsabilidades y la irresponsabilidad de un gran juez convertido en un pésimo ministro. La destitución de Pérez de los Cobos, revocada por los tribunales; la patada en la puerta contra las fiestas ilegales y no contra los okupas; el masivo acercamiento de presos etarras sin contar con las víctimas; y la cinta de correr para su casa pagada por el Ministerio son algunas cuestiones por las que, de no dimitir, Grande Marlaska debería haber sido destituido por Sánchez. Una jugada perfecta, en medio de una gestión lamentable de la campaña de vacunación y un Parlamento abandonado, convertida en una tormenta. En ese contexto, la solución al "problema catalán" parece más lejana que nunca. Puigdemont, que sigue manejando los hilos desde Bruselas, ha impedido la investidura de Aragonés, cuyo único aliado ha sido la CUP, los más extremistas de los independentistas y enemigos declarados del sistema democrático. Ahora, o ERC acepta que Puigdemont sea el emperador de la imposible república catalán y que el independentismo tenga una sola voz -la suya- en Cataluña y Madrid o los catalanes tendrán que volver a las urnas. Seguramente para nada. El viaje a ninguna parte de Illa solo ha servido para reforzar el desafío de los independentistas al Estado y el desprecio a la Corona y al Rey. Lo peor de todo es que la economía catalana se ralentiza, las más de 6.000 empresas que se fueron tras el 1-O no han vuelto ni lo van a hacer, los proyectos de modernización se paralizan, las inversiones extranjeras buscan otros lugares, las infraestructuras sociales sufren la falta de un Gobierno que gobierne y la violencia ha vuelto a las calles. Cataluña ya no es la locomotora de España ni la región con mayor crecimiento del PIB, superada por Madrid, ni la líder en innovación. Cataluña, a la que Europa margina e ignora, está en clara decadencia desde que Artur Mas inició el camino hacia la independencia y, muy especialmente tras los gobiernos de Puigdemont, Torra y Aragonès que han fomentado la división en dos bloques y la marginación absoluta de uno de ellos. Camina hacia un abismo político, social y económico y quien paga eso son sus ciudadanos, aunque éstos, y no solo los pésimos políticos que tienen, son también responsables de lo que está sucediendo. Por acción y por omisión. La Pascua es tiempo de esperanza. Alguien debería hacer algo para devolvérnosla.

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